Para Aristóteles, a través de dos tipos de virtudes diferentes se puede llegar a la felicidad. Una buena frase para un extraordinario fin de semana. Que lo disfrutéis.
"la virtud se manifiesta en un doble aspecto: uno intelectual, otro moral; la virtud intelectual proviene en su mayor parte de la instrucción o educación...., mientras que la virtud moral es hija de los buenos hábitos"
Aristóteles
viernes, 27 de mayo de 2011
sábado, 21 de mayo de 2011
Indignaos
Hablaremos sobre este interesante asunto. De momento unas reflexiones de Prada en su columna de hoy:
"Y ese fondo es el que asoma, magullado, malherido, hecho trizas o añicos, entre la empanada mental de proclamas que los chavales indignados lanzan contra el «sistema» que los ha moldeado; proclamas cuyo lenguaje acata los códigos que el propio «sistema» les ha inculcado: democracia participativa, libertades ciudadanas, subsidios, financiación pública, etcétera; y todo ello aderezado con un emotivismo párvulo y efervescente. Que es como si el esclavo le pidiera a su amo que lo esclavice más amorosamente, que le brinde mejor techo y comida más abundante; requerimiento que halaga al amo sobremanera, pues cuando el esclavo reclama mejoras en las condiciones de su esclavitud está reconociendo que sin esclavitud no podría sobrevivir ya, que no hay vida fuera de la esclavitud. Y entonces el amo le dice al esclavo con sorna, mientras satisface sus peticiones utilizando como remedio la causa de sus males: «¿Qué te parece? El mismo vino que te enfermó te cura y da salud»".
"Y ese fondo es el que asoma, magullado, malherido, hecho trizas o añicos, entre la empanada mental de proclamas que los chavales indignados lanzan contra el «sistema» que los ha moldeado; proclamas cuyo lenguaje acata los códigos que el propio «sistema» les ha inculcado: democracia participativa, libertades ciudadanas, subsidios, financiación pública, etcétera; y todo ello aderezado con un emotivismo párvulo y efervescente. Que es como si el esclavo le pidiera a su amo que lo esclavice más amorosamente, que le brinde mejor techo y comida más abundante; requerimiento que halaga al amo sobremanera, pues cuando el esclavo reclama mejoras en las condiciones de su esclavitud está reconociendo que sin esclavitud no podría sobrevivir ya, que no hay vida fuera de la esclavitud. Y entonces el amo le dice al esclavo con sorna, mientras satisface sus peticiones utilizando como remedio la causa de sus males: «¿Qué te parece? El mismo vino que te enfermó te cura y da salud»".
Juan Manuel de Prada
sábado, 7 de mayo de 2011
Comentario sobre Vida y tiempo de Manuel Azaña 1880-1940, de Santos Juliá
A diferencia de lo que ocurre en Europa, el género biográfico no tuvo, hasta hace unos años, gran importancia en la producción ensayística española. Afortunadamente este vació se va poco a poco llenado con estudios mayoritariamente recomendables. El año pasado leí dos buenas muestras de lo que digo, una de ellas escrita por José Luis Ferriz sobre Miguel Hernández (Miguel Hernández. Pasión, cárcel y muerte de un poeta. Ediciones Temas de Hoy, 2010), y la otra obra del historiador Santos Juliá titulada Vida y tiempo de Manuel Azaña, 1880-1940 (Taurus, 2008), que es la que pretendo comentar.
Azaña es una de las personalidades políticas de mayor calado y sin duda más representativas de la II República Española, sin temor a equivocarnos creo que si del amplio plantel de personajes que intervinieron en la década de los treinta tuviésemos que elegir a uno en el que de forma más diáfana convergiesen las luces y las sobras de aquella experiencia política, Azaña sería el mejor ejemplo. Personalmente siempre me ha interesado su figura y no solamente por la vertiente política sino también por la literaria, no podemos dejar pasar obras como El Jardín de los Frailes, los Diarios, necesarios para comprender mejor los acontecimientos del momento, o Una velada en Benicarló, que tengo lista para leer lo más pronto posible.
A quienes hayan bosquejado algunos de los numerosísimos libros escritos sobre la República, quizás hayan caído en la cuenta de la adjetivación que se hace de Azaña como el gran jacobino del régimen. Me agradó encontrar hace un par de años la que posiblemente sea la primera vez en que se le adjudicó esa calificación: lo hizo Josep Pla en su época de cronista parlamentario (Ver La Segunda Repúblico Española. Una crónica 1931-1936. Josep Pla. Ediciones Destino 2006); en el artículo que publica en La Veu de Catalunya el 17 de octubre de 1931, se refiere a don Manuel como “la gran personalidad que ha surgido en este régimen. Es el jacobino integral, hombre frio, de tipo oriental, que habla como un médico chino debe de manejar el bisturí” (pág. 186). Efectivamente Azaña parecía tener claro el papel que la República debía desempeñar en la historia de España, a formarse esta idea sin duda le ayudaron sus experiencias anteriores, perfectamente detalladas por Juliá, como fueron sus primeros estudios en los jesuitas de El Escorial, la militancia en el Partido Reformista de Melquiades Álvarez, pero sobre todo la vida social y cultural desarrollada junto a los máximos exponentes de la intelectualidad española en el Ateneo de Madrid del que fue muchos años secretario.
Pero posiblemente sea esa idea cerrada, ese convencimiento de la trascendencia del momento, esa posición adanista, tan habitual por otra parte en la política española, la que le hizo perder la perspectiva de cuáles eran las circunstancias de la sociedad en aquel momento, a pasar por alto las creencias religiosas de una parte mayoritaria de la población, a estar convencido, como lo estaban Largo Caballero y Prieto, de que nunca debería permitirse a la derecha gobernar la República, aun ganando las elecciones, o a no tomar en consideración la deriva revolucionaria por la que los máximos representantes del régimen estaban escorando a aquella experiencia política.
Alejado del centro de decisiones durante la guerra aunque formalmente siguiese siendo Presidente de la República, fue casi al final partidario de buscar una paz honrosa aunque quizás nunca supo cómo hacerlo; ello le valió el enfrentamiento con el entonces presidente de gobierno Juan Negrín y con los comunistas. Dolores Ibarruri le calificará como “espíritu apocado” y José Diaz clamará advirtiendo que “En nuestro país, ni un minuto podría mantenerse en el Poder aquel hombre que siquiera pensara en la posibilidad de llegar a transacciones o compromisos con el enemigo”. El 4 de febrero de 1939, estando con su familia en el último pueblo de España, junto a la línea fronteriza con Francia, Azaña muestra una vez más su “completo desacuerdo con Negrín respecto a la oportunidad de proseguir la guerra y lamentó que sus frecuentes llamadas a la paz y las gestiones que había realizado para lograrla no hubieran tenido éxito”. Era demasiado tarde, probablemente las decisiones debían haberse tomado tiempo atrás, antes de que todo se torciera definitivamente con el golpe de estado de 1934, o incluso antes de que unos y otros viesen en el régimen un instrumento para hacer su revolución particular.
Azaña moría en una habitación del Hotel du Midi de Montauban el 3 de noviembre de 1940, enfermo y acosado por Serrano Suñer que pretendía su extradición a España para ser juzgado por los vencedores de la guerra. Atrás quedaba su invocación, que quedará definitivamente para la historia, de “la patria eterna que dice a todos sus hijos: paz, piedad y perdón”.
Como resumen, creo que el ensayo de Santos Juliá tiene el mérito de ofrecer un recorrido completo por la biografía del personaje, sin establecer periodos estancos sino relacionando unas etapas con otras. Especial importancia tienen los datos anteriores a 1931, menos conocidos hasta ahora, y que nos ofrecen una visión integral de Azaña, diferente a algunos estereotipos existentes. Es cierto que Juliá es en general generoso con Azaña, pero esto no quita un ápice al valor que la obra en su conjunto tiene.
ASCO
Sé que el título de este escrito no es propicio para un desarrollo racionalizado de lo que quiero decir. No me importa, ni lo pretendo ni tengo paciencia para ello. El viernes por la mañana, cuando en los primeras imágenes de las noticias veía a los representantes de la nueva formación batasuna celebrar la decisión del Tribunal Constitucional de la noche anterior, autorizándoles a presentarse a las elecciones municipales, mi sentimiento no fue otro que el de asco, de repugnancia, de pensar que una vez más nos habían tomado el pelo a los demócratas y que eso había sido por obra y gracia de la máxima instancia judicial, perdón, quiero decir de la máxima instancia de interpretación y decisión política (el propio portavoz de Bildu así lo reconocía), como es el citado Constitucional.
El cierto que este llamado tribunal no lo componen jueces de carrera, sino meros juristas procedentes de diversos ámbitos pero que no forman parte de la magistratura (la propia Constitución des dedica un Título, el IX, distinto al que trata sobre El Poder Judicial, el VI), es cierto que su elección se produce después que cada partido político proponga su “cuota”, es cierto que los seis “aceptantes” fueron todos curiosamente propuestos por el Psoe, es cierto que el Gobierno, a través de la abogacía del Estado y la Fiscalía, haya por una parte, y cara a la galería, pretendido que esa formación no estuviese en las elecciones porque tenía pruebas evidentes de que formaba una parte de la estrategia de Eta, pero que a su vez se contradecía con que “sus” representantes en el TC les abriesen la puerta, es cierto que sobre todo esto se están vertiendo chorros de tintas estos días y a poco avezado que uno sea podría escribirse todo un artículo de contenido, pero nada de eso me apetece; cuando he sabido de las celebraciones de los presos de la banda terrorista en las cárceles, cuando he visto las lágrimas de las víctimas, cuando he contemplado y me he solidarizado con la desazón de tanta gente de bien, solamente una palabra me viene a la boca: asco.
lunes, 2 de mayo de 2011
Un blog polític
Per als que esteu interessats en un nou blog de perfil politic al ambit local, vos dic que s´ha estrenat Populars de Beneixama, on els membres d´aquesta formació expresen les seues inquietuts amb relació a la política del poble. Sempre es bona la pluralitat.
El enllaç es:
http://popularsdebeneixama.blogspot.com/
El enllaç es:
http://popularsdebeneixama.blogspot.com/
viernes, 22 de abril de 2011
En torno a la libertad
Un manifiesto en torno a la censura de lo políticamente correcto:
"Leer nos hace libres a condición de que podamos elegir los libros que queremos leer y que los libros puedan escribirse e imprimirse sin inquisidores ni comisarios que los mutilen para que encajen dentro de las estrechas orejeras con que ellos aprisionan la vida"
Mario Vargas Llosa
"Leer nos hace libres a condición de que podamos elegir los libros que queremos leer y que los libros puedan escribirse e imprimirse sin inquisidores ni comisarios que los mutilen para que encajen dentro de las estrechas orejeras con que ellos aprisionan la vida"
Mario Vargas Llosa
jueves, 14 de abril de 2011
Puntillas y puntazos: La República
"La República es el principal mito histórico del siglo XX"
Stanley G. Payne
Stanley G. Payne
domingo, 10 de abril de 2011
Sobre los orígenes de la leyenda negra
Estoy leyendo, o mejor estudiando, el libro de Carmen Iglesias No siempre lo peor es cierto (Círculo de Lectores, 2008), y aunque aún no he llegado ni a su quinta parte, se que va a convertirse en uno de esos textos de cabecera al que continuamente acudiré gozoso. Además, con sus más de ciento cincuenta páginas de Notas y Bibliografía supone todo un repertorio de referencias a libros históricos esenciales; quien los tuviera y, sobre todo, quien tuviera tiempo para digerirlos convenientemente.
El primer capítulo ESPAÑA DESDE FUERA, es un recorrido sobre la visión que desde otros países y en diferente épocas se tiene de nosotros, referida de manera especial a la archiconocida leyenda negra, esa que para Julián Marías “consiste en que, partiendo de un punto concreto –supongamos que cierto- (pero no siempre, añado yo), se extiende la condenación y la descalificación a todo el país a lo largo de toda su historia, incluida la futura. Esto es lo que se inicia para España desde el siglo XVI y se condena en el XVII y adquiere nuevo ímpetu a lo largo de todo el XVIII y reverdece con cualquier pretexto, sin prescribir jamás”. No prescribe nunca efectivamente, y lo peor es que los propios españoles la hemos interiorizado tanto, la hemos hecho tan nuestra, que parece como una pesada piedra que continuamente tengamos que arrastrar. Los comentarios que solemos oír y decir nosotros mismos en estos tiempos de crisis, los continuos y aburridos discursos que fundamentalmente desde sectores nacionalistas se hacen, o incluso el contenido de algunos artículos que ahora mismo están apareciendo en prensa con motivo del aniversario de la proclamación de la II República, están llenos de referencia que nos llevan a esta visión pesimista, trágica, negra en fin, de nuestro modo de ser. Certero como siempre, según recoge la autora, el hispanista John Elliott apunta que “con frecuencia los españoles esperan siempre lo peor y tienden a desvalorizar su propia historia”.
Según Sverker Arnoldsson en su La leyenda negra. Estudios sobre sus orígenes, el inicio de estas opiniones adversas sobre España hay que buscarlas en Italia y ni más ni menos a partir de 1282, año en que Pedro III de Aragón conquista Sicilia, y después, en los siglos XIV y XV cuando Alfonso V se hace con Nápoles. Es interesante que, aunque los protagonistas en estos momentos de dichas conquistas son aragoneses y catalanes, las referencias se hacen hacia toda España porque normalmente desde fuera siempre se nos ha visto como una unidad (pág. 51). Esto no es nuevo, después la imagen que de todos los españoles se tendrá desde el extranjero vendrá de Andalucía, con sus castañuelas y sus cantes, pero en fin…, sobresale en esta época la opinión de Petrarca, para quien los soldados españoles son una “Vil estirpe de mercenarios y traidores” (pág. 56). Será pues desde aquella Italia dividida pero con un fuerte sentimiento de superioridad cultural, donde se empiece a fraguar la imagen de avaros y traidores sin escrúpulos referida a los comerciantes catalanes, o de valientes pero crueles con que se ve a los soldados aragoneses y que de forma inmediata se generaliza a la totalidad de los españoles, cualquiera que sea su oficio y su origen, a lo pronto se unirá la injuria de “marranos”, en alusión al origen moro o judío de los hispanos. Con la unión de los reinos bajo la soberanía de los Reyes Católicos, el centro de poder se desplazará paulatinamente hacia Castilla, pero estos estereotipos no solamente siguen sino que irán nutriéndose de nuevos contenidos, fundamentalmente tras el descubrimiento y colonización de América o las guerras de religión en Flandes, en que nuevos motivos comerciales nos enfrentarán a las potencias emergentes de Holanda, Inglaterra o Francia. Será precisamente esta última, con su notable influencia en la cultura europea, quien profundizará definitivamente en esa imagen negativa de la mano de los Ilustrados y fundamentalmente en dos nuevas vertientes: la Inquisición y la decadencia.
Pero como se ha dicho, quizás el mayor mal a partir de esta leyenda negra nos lo hemos hecho a lo largo del tiempo nosotros mismos. Como dice Domínguez Ortiz “Difícil será encontrar otro pueblo que haya acogido con la fruición del español la deformación extranjeriza de su historia” (La sociedad española en el siglo XVIII. 1955).
lunes, 28 de marzo de 2011
Vencedores y vencidos
Durante las últimas semanas he tenido ocasión de escuchar las lamentaciones de bastantes vecinos de Beneixama tras contemplar como desde el Ayuntamiento se derribaba la Cruz de la Glorieta. Algunos no podían evitar que los ojos se les humedeciesen, e incluso que alguna lágrima rodase por sus mejillas. Se sentían abatidos, doloridos, humillados.
La Cruz se levantó en los años cuarenta del pasado siglo, después de una trágica y dolorosa guerra entre hermanos; en el duro enfrentamiento bélico hubo vencedores y vencidos, y los primeros quisieron honrar a sus muertos con ese signo cristiano por todos y cada uno de los pueblos de España. Los segundos, los derrotados, no tuvieron otra alternativa que recordarlos en la silenciosa intimidad de sus hogares. Durante el tiempo que duró el conflicto se dieron episodios heroicos, extraordinarios; hombres y mujeres de ambos bandos derramaron su sangre de forma valiente por unos ideales en los que creían a pie juntillas, de todos ellos hay sobrados motivos para sentirse orgulloso. Pero también hubo escenas execrables, fundamentalmente en las retaguardias de las dos zonas en litigio, no faltaron seres miserables guiados por el fanatismo y la envidia, que aprovecharon la ocasión para asesinar, robar y masacrar a “los otros” sin más motivos que sus creencias diferentes, o su posición social, o viejos conflictos vecinales, o simplemente porque asistían a misa, o llevaban sombrero, o defendían los intereses de los trabajadores en algún sindicato. Solo desde la ignorancia o desde la mala fe, podría aceptarse el maniqueísmo de pensar que los de un bando eran todos buenos y los del otro todos malos.
Tuvo que pasar tiempo, casi cuatro décadas, para que la inmensa mayoría de la población reconociese que no había más salida que la democracia si se quería vivir en paz, fuesen cuales fuesen las creencias políticas de cada cual y la familia donde cada uno había nacido. En ese momento, en esa transición de un estado totalitario a otro democrático, muchas de las cruces de antaño cambiaron sus dedicatorias para que la honra que expresaban amparase a todos, ese fue el caso de la Cruz de la Glorieta de Beneixama. Sin embargo años después hay quienes se niegan a dar validez a ese espíritu de reconciliación, quienes piensan que es hora de ajustar cuentas, que de nuevo deben haber vencedores y vencidos que compensen la balanza de las afrentas pasadas, pero quizás en su vehemencia no hayan reparado en un detalle esencial, y es que cuando se erigieron las cruces vivíamos, como antes hemos dicho, en un sistema totalitario y hacia pocos meses que la guerra había terminado, y ahora lo estamos en otro democrático bien distinto y la reconciliación ya debería haberse consolidado.
En el Pleno Municipal celebrado si no recuerdo mal, el pasado 27 de diciembre de 2010, por cinco votos a favor y cuatro en contra, se decidió que las obras de la Glorieta, derribo de la Cruz incluida, no se llevasen a término hasta tanto no se lograse unanimidad en el proyecto. Esto es la esencia de la democracia: las mayorías tienen la última palabra en caso de desacuerdos, pero el equipo de gobierno en el poder no atendió esa voz democrática y no tuvo empacho alguno en pisotear la decisión mayoritaria e iniciar unas obras a todas luces ilegales, al fraccionar en varios trozos un proyecto que era único y como tal se había tramitado hasta ese momento. Sería curioso leer los informes técnicos de legalidad que consten en el expediente, si es que los hay. La democracia no puede invocarse vanamente, no puede ser que se acepte cuando tenemos la mayoría y se desprecie en el caso contrario. Quien hace eso pierde para siempre su legitimidad política en un sistema como el nuestro.
Es curioso que la mayor parte de quienes me hicieron partícipe de sus lamentos, expresasen al mismo tiempo la necesidad de llegar a acuerdos, de calmar los ánimos, de normalizar el ambiente del pueblo, mandase quien mandase, tal y como había ocurrido desde finales de los años setenta en que se celebraron las primeras elecciones municipales. Ojalá el episodio de la Cruz no sea más que una triste anécdota en nuestra historia local y en el futuro nuestros representantes en el ayuntamiento sean capaces, no solo de aceptar sin escusas las normas que la democracia nos impone, sino de mantener firme el propósito de la reconciliación y buena convivencia, sin vencedores soberbios ni vencidos humillados.
domingo, 27 de marzo de 2011
El paisaje como enseñanza de la historia
El Escorial, el paisaje histórico. Comentarios a la conferencia de Juan Pablo Fusi
Que la geografía condiciona la historia lo aprendimos desde muy pequeños, cuando estudiábamos con aquellos manuales educativos, que siempre comenzaban con una descripción de las cordilleras, los cabos o los ríos. De un tiempo a esta parte este concepto geográfico se está calificando como paisaje, pero en el fondo sigue siendo lo mismo: el desarrollo del devenir histórico determinado en gran medida por el ámbito espacial donde éste tiene lugar.
Juan Pablo Fusi escoge en la conferencia pronunciada el pasado día tres en la Fundación Juan March, El Escorial como espacio físico sugerente de cuatro adjetivaciones distintas: el paisaje imperial, de la mano de Felipe II en el momento mismo de su construcción; el paisaje filosófico, interpretado esencialmente por Ortega; el paisaje intimista descrito en dos épocas distintas de su vida, su juventud y su madurez, por Azaña; y el paisaje falangista, propuesto en la inmediata posguerra por los principales intelectuales de Falange Española.
El “hecho decisivo”, tal y como lo denomina Fusi, se produce evidentemente en la época del segundo Austria, cuando el rey encarga a Juan Bautista de Toledo y después a Juan de Herrera, un edificio con una finalidad muy determinada: ser un monasterio de Jerónimos donde los monjes recibiesen una formación especial, de ahí su extraordinaria biblioteca, y que albergase los restos de su padre Carlos V. Otra cosa serán las interpretaciones que del mismo hagan en el siglo XIX los románticos, y que desafortunadamente tanta influencia posterior han tenido.
Ortega como se ha dicho, encuentra en El Escorial, un paisaje filosófico al que se refiere en su primer libro “Meditaciones del Quijote”, sirviéndole el edificio específicamente como un motivo de sus más amplias meditaciones sobre España. En esos primeros escritos dará a conocer lo que se convertirá en la piedra angular de buena parte de su obra, a través de la conocida frase “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvo yo”, referida precisamente esa circunstancia a la propia España.
Por su lado, la interpretación del paisaje intimista de El Escorial nos la ofrece Manuel Azaña en su primera novela, “El jardín de los frailes”, en la que narra de manera autobiógrafa su propia experiencia educativa en el colegio de los Agustinos allí instalado, pero que a su vez sirve como reflexión en torno a la educación en general de la juventud de la época.
Por último, serán los intelectuales falangistas, Ridruejo, Laín, Tovar, Sanchez Mazas, Rosales, Jose María Alfaro, etc., quienes a partir de 1939 vean en El Escorial el “gran símbolo del imperio que en la época se intentaba retornar”, y lo hacen a través de dos hechos de especial importancia, el propio entierro de José Antonio que los monárquicos interpretarán como casi como una afrenta, y la revista literaria que lleva precisamente el nombre de El Escorial, en la que se expresará con toda intensidad la metáfora del edificio como un ideal político.
La conferencia complementa otra anterior titulada “Ortega y el paisaje”, y no podemos más que sugerir su audición por el evidente interés histórico que sin duda tienen. Si están interesados pueden oirla a través de este enlace:
miércoles, 23 de marzo de 2011
Puntillas y puntazos: sobre el ejercicio del poder.
Siempre necesitamos de la autocrítica. Si no somos capaces de autoevaluarnos críticamente nosotros mismos de forma habitual, nos criticarán, y con razón, los demás.
"Hasta que quienes ocupan puestos de responsabilidad no acepten cuestionarse con valentía su modo de administrar el poder y de procurar el bienestar de sus pueblos, será difícil imaginar que se pueda progresar verdaderamente hacia la paz".
Juan Pablo II
martes, 22 de marzo de 2011
El tiempo entre costuras
De María Dueñas
El que te guste un libro, fundamentalmente si se trata de ficción como es caso de las novelas, depende de muchas cosas: de la manera en que esté redactado, de la historia que cuenta, de la personalidad de cada uno de sus personajes,… y seguramente del momento en el que lo leas y la predisposición que tengas al respecto. Digo esto porque estos meses se está vendiendo como churros El tiempo entre costuras (Ediciones Planeta. Temas de Hoy) de la autora María Dueñas, y sinceramente, no acabo de entender ese éxito, por lo que empiezo a dudar de mi criterio…, o no. Veamos.
La novela tiene como fondo argumental, una más de las muchas que últimamente se han editado, la guerra civil española y su inmediata postguerra, y cuenta las vicisitudes vividas por su protagonista, la joven modista Sira Quiroga, a caballo entre Madrid, el Protectorado español de Marruecos y Lisboa. Es una historia de amores, de intrigas y de espías al servicio de potencias extranjeras. Desde luego son buenos mimbres para construir una novela que desde el primer momento nos aprese, pero desde mi modesto punto de vista, no lo consigue. Creo que en buena parte es debido a que pasa por demasiados escenarios distintos sin conexión entre ellos, por ejemplo cuando cuenta la peripecia de la venta de unas pistolas con las que obtener dinero para abrir su negocio de costurera en Tetuán, ¿y qué?, la escena, a la que se intenta introducir una fuerte dosis de dramatismo termina de forma súbita, desperdiciando la oportunidad de imbricarla con otras posteriores. Lo mismo sucede con situaciones como la estancia en la pensión, la vida en Tánger, o con personajes como el comisario y otros, que entran y salen de la trama sin lograr entrelazarse entre ellos, perdiendo la ocasión de conseguir un argumento más compacto. Esto pasa fundamentalmente en las primeras doscientas páginas del libro que fácilmente podrían haberse quedado en una treintena, pero sigue sin solucionarse prácticamente hasta la parte final, cuando Sira acude a Madrid en su nueva función de espía, y sobre todo a partir de la reaparición de Ignacio Montes, su antiguo novio, allá por la página 450.
Por otra parte se crean situaciones artificiales que no nos dicen nada, como el equívoco de la protagonista al acudir a la cita en el Dean´s Bar de Tánger con su amiga Rosalinda Fox, que solo sirve para llenar media página sin sentido (pág. 368), mientras que por otra parte la propuesta de ésta para colaborar con el servicio británico de espionaje suena casi a frívola, echándose en falta, aquí sí, algo más de extensión y de detalle (pág. 372). Todo ello no obsta para que el libro tenga sus pequeñas joyas repartidas a la espera se toparse con ellas; un acierto por ejemplo es la utilización de la figura de las puntadas con hilos sobre aparentes patrones, a través de los que se transmiten en lenguaje morse los mensajes a los servicios secretos, o como alguna de esas frases llenas de lirismo que tanto nos gustan, “Madrid se fue cubriendo de otoño” (pág. 421).
En definitiva, una novela pasable pero con falta de profundidad en la descripción de las situaciones y los personajes, sin un hilo argumental suficientemente consistente, que además pierde por su excesivo academicismo, entendiendo por tal la obsesión por la fidelidad histórica, hecho que en cierta forma la autora reconoce en su nota final. Para leer sin más pretensiones durante un fin de semana cualquiera.
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