jueves, 1 de noviembre de 2018

La velada en Benicarlo, de Manuel Azaña

Si buscásemos un personaje que de forma más mimética encarnase el sentimiento y la trayectoria de la II República Española, posiblemente lo encontraríamos en Manuel Azaña; nadie mejor que él personifica, a nuestro modo de ver, las virtudes y los defectos de un régimen tan singular como aquel, implantado, recordémoslo, sin un referéndum que lo sustentase pero tampoco con una revolución que lo impusiese, sino a través de una proclamación pacífica ampliamente asumida, de manera fulgurante, tras unas elecciones municipales, las del 12 de abril de 1931, en las que a excepción de las grandes ciudades, resultaron vencedores los partidos monárquicos. Una serie de circunstancias que no podemos dejar de considerar en buena parte aleatorias, entre las que destaca el amplio sentimiento antidictatorial contra el primoriverismo que arrastraría a Alfonso XIII, o la propia abulia de los sectores monárquicos, propiciaron la llegada del nuevo sistema, tan lleno de ilusiones como falto de auténticos demócratas que lo sustentasen, como por desgracia no tardaría en evidenciarse. Pues bien, entre esos demócratas, con apellido de liberal de izquierdas, estaba Manual Azaña, ascendido a la categoría de mito con la misma rapidez en que cayó al ostracismo más absoluto al final del periodo, sin ningún poder de influencia real durante los años de la Guerra Civil pese a su condición de Presidente de la República.

Azaña, un intelectual comprometido con la política, había comenzado su carrera en el Partido Reformista del que desertó al republicanismo en 1923, por una firme oposición a la dictadura del Primo de Rivera. Liberal jacobino, firme defensor de la fuerza del Estado como mecanismo de cambio social, de él dirá Santos Juliá, el último y quizás mejor de sus biógrafos, que disponía de la “agudeza para discernir los problemas centrales de una época sin perder de vista la complejidad de su entramado”, algo que sin embargo no evitaría los errores en su gestión política, fundamentalmente, como señala Stanley G. Payne, al “afirmar que el constitucionalismo republicano debía interpretarse no como unas reglas fijas con resultados inciertos, sino como una serie de normas partidistas que garantizaran los resultados de antemano”, lo que se demuestra por ejemplo en sus intentos de convencer a Alcalá-Zamora para que no se aceptasen los resultados las elecciones de noviembre de 1933 en que resultaron ganadoras las derechas. Una visión radical sobre el funcionamiento de la República que llevará al político antifascista italiano Aldo Garasci a afirmar que “Azaña llevó a su obra de reforma política el ímpetu y la intransigencia de un moralista republicano”. En esta misma línea Josep Pla escribe en una crónica parlamentaria aparecida en La Veu de Catalunya el 14 de enero de 1933, que Azaña encarna, más “que cualquier otro político, el sentido totalitario de la revolución republicana triunfante”, un sentido totalitario que según Pla lo mitifica como personaje político ante amplios sectores sociales en los primeros años de la Republica, a caballo del sentimiento antimilitarista y anticlerical, pero que le hará descuidar en su gestión de gobierno el problema del orden público, auténtico talón de Aquiles de la época, arrastrado además por los sectores más revolucionarios de las izquierdas, para quienes la República nunca será un fin en si mismo sino un instrumento para la revolución, entendida por cada cual de distinta manera.

Abatido y con una autoridad menguante a partir del triunfo del Frente Popular en febrero de 1936, querrá incluso abandonar sus responsabilidades tras los sucesos del 22 de agosto de 1936 en la cárcel Modelo madrileña, cuando asistió impotente y dolorido incluso al asesinato de Melquiades Álvarez, su antiguo jefe en el Partido Reformista. Tras duros enfrentamientos con Negrin, vivirá la guerra apartado de los centros de decisión.   

Pero como queremos hacer ver, la importancia política e intelectual de Manuel Azaña fue siempre fundamental, importancia    que lleva incluso a Hugh Thomas a acabar su esplendida obra La Guerra Civil Española (1976) citándole, y lo hace de manera pedagógica, evocando lo que a su entender debería ser el futuro de la nación tras la muerte de Franco: “un día llegará la libertad –dice Thomas-, y cuando llegue, por fin los españoles harán caso de Azaña que, con todo su egocentrismo, su sectarismo y su pesimismo, llegó, pasando de la desesperación, a la magnanimidad, y la sabiduría que no había alcanzado cuando detentaba el poder, y que, en plena guerra civil, terminó un discurso diciendo: ”Es obligación moral, sobre todo de los que padecen la guerra, cuando se acabe como nosotros queremos que se acabe, sacar de la lección y de la musa del escarmiento el mayor bien posible, y cuando la antorcha pase a otras manos, a otros hombres, a otras generaciones, que se acordarán, si alguna vez sienten que les hierve la sangre iracunda y otra vez el genio español vuelve a enfurecerse con la intolerancia y con el odio y con el apetito de destrucción, que piensen en los muertos y que escuchen su lección: la de esos hombres, que han caído embravecidos en la batalla luchando magnánimamente por un ideal grandioso y que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor, y nos envían, con los destellos de su luz, tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: Paz, Piedad y Perdón”. Se refiere Thomas al último de sus discursos de guerra, pronunciado en el Ayuntamiento de Barcelona, el 18 de julio de 1938 ante Negrin, Martínez Barrios y Companys.  

Sirva la introducción como intento de contextualizar La velada en Benicarló, escrita en 1937 en una Barcelona sacudida además de por la guerra general, por la mantenida entre comunistas y anarquistas en los trágicos sucesos de mayo de ese año, días en los que su propia vida llegó a correr peligro. Enfrentado a la realidad de los acontecimientos, la guerra será para Azaña un hecho desgarrador, un drama especialmente doloroso al observarlo tanto desde sus principios intelectuales como desde su indeleble posición patriótica. Siempre apelará a lograr la paz mediante el acuerdo entre las partes como única alternativa a un final del que se sabe derrotado, pero no ya intuyendo la derrota de una de esas partes, sino de la totalidad de España. La velada es así, el mejor testamento político de su autor; como él mismo dice “No es el fruto de un arrebato fatídico. No era un vaticinio. Es una demostración”, una especie de justificación ante la historia, no forzada, entendemos, por un falso ánimo de quedar bien ante las futuras generaciones, sino de auténtica sinceridad personal, como una confesión del que se sabe pronto a abandonar las tierras que tanto amó.

La obra se desarrolla en un albergue de Benicarló donde diez hombres y una mujer descansan de su viaje. Cada uno de esos personajes representa una “corriente de opinión” de las existentes en el bando republicano respecto al conflicto, con la particularidad de que solo están presentes, como señala Manuel Aragón en su Estudio preliminar, aquellos que según el autor tienen una visión “racionalista” de los hechos, lo que excluye a “los anarquistas, por su negación del Estado en sí (objetivación de la razón política, para Azaña), y los nacionalistas (catalanes o vascos), por su ataque al Estado español en particular, no son capaces de mantener un diálogo sereno, piensa Azaña”.     

Aunque en sus palabras preliminares el propio Azaña insiste en que no deben buscarse caras conocidas tras los distintos personajes, no es difícil entender en ellos las posiciones que representaron por ejemplo Negrín, Osorio y Gallardo, Indalecio Prieto, Julián Besteiro o Largo Caballero, además naturalmente de las del autor, en este caso tras las voces del abogado Claudio Marón y del escritor Elíseo Morales. 

Si a grandes rasgos intentásemos dividir la trama argumental de la obra, y esto con extrema prudencia, encontraríamos al menos dos bloques. Por una parte la queja constante sobre como el bando republicano estaba conduciendo la guerra, con falta de mandos profesionales y exceso de políticos mediocres (comisarios políticos) que finalmente mandaban más que aquellos; el falso razonamiento usado para la implantación de la revolución al tiempo que se peleaba; la condena de la indisciplina, la anarquía y el desorden dentro del Frente Popular; la inacción del gobierno nacionalista de  Catalunya, al que no duda en calificar como la “más poderosa rémora de nuestra acción militar”; o la falta de un sistema de convenciones entre los distintos sectores sociales capaces de consolidar una República exenta de extremismos.

Pero junto a éstas, las tesis de La velada en Benicarló trascienden el momento concreto en que son escritas, brindándonos impagables reflexiones sobre el papel de la guerra civil como trágico apéndice del siglo XIX español; la temporalidad del poder limitada a la medida del hombre; la importancia de la moderación y la cordura en el ejercicio político, junto con la inocuidad de la violencia para imponer cambios sociales perdurables; o la necesidad de un interés nacional permanente, más allá del momento temporal en que cada uno habite la nación. La falta en fin, de un auténtico patriotismo integrador. 

Tras su lectura, uno no puede sino sentirse impresionado por la templanza con la que está escrita, habida cuenta de los momentos que el propio autor estaba viviendo. Sin duda La velada en Benicarló no solamente es un excelente testimonio de una de las épocas más importantes de nuestra historia reciente, escrita por quien destaca entre sus principales protagonistas, es además una auténtica joya literaria digna de los mejores elogios.

domingo, 14 de octubre de 2018

On vas Catalunya?

Va ser León Trotski a la seua obra Historia de la revolució russa qui proposava canviar la tàctica per a la implantació de la revolució: no calia seguir una acció subversiva frontal, sinó actuar a la defensiva, de manera que aquesta s'iniciara baix la disfressa de respondre a una agressió contrarevolucionaria. L'estratègia es completava amb el domini previ de tots els resorts possibles del poder: mitjos de comunicació, sector educatiu, organitzacions socials, etc., amb els que s'esperava assegurar un fort recolzament social, donada la cohesió que atorga l'anar a la contra, davant d'un enemic que ataca. Abans d'aquest nou mètode l'experiencia revolucionaria havia segut descoratjadora, fins 1935 l'Internacional Comunista havia perdut totes les disputes, excepció feta del cas de Rússia.  

Resulta interessant comprovar com a hores d'ara, després encara de la desastrosa experiencia dels règims marxistes, continuen vigents els plantejaments de Trotski, i vore a més com han mutat des del que abans era la implantació d'una revolució d'extrema esquerra a una altre tipus de revolta, la protagonitzada per un moviment tan conservador com ha segut tradicionalment considerat el nacionalisme. Al respecte cal recordar les paraules de Lenin: “¡Cap privilegi per a ninguna nació, cap privilegi per a cap idioma! ¡Cap opressió, cap injusticia contra la minoria nacional!”; o de Marx quan deia que “la victòria del proletariat sobre la burgesia es al mateix temps la victòria sobre les rivalitats nacionals que actualment oposen a uns pobles contra altres”; per a l'autor d'El Capital, el nacionalisme era en qualsevol cas un mig per alcançar la revolució, i mai un fi en si mateix

L'exemple d'aquesta transmutació a Espanya es palpable al cas de Catalunya. L'independentisme català es reforça una vegada i altra amb un victimisme del que fa bandera fins convertir-se en autèntica senya d'identitat. Sempre, al seu parer, les altres regions d'Espanya han abusat de Catalunya, els han espletat, han intentat acabar amb la seua cultura, amb la seua puresa democràtica, les han espoliat,… “Espanya ens roba” ha segut probablement la consigna més exitosa d'eixe victimisme, una consigna que no és més que un clam dels rics queixant-se de que els pobres els han robat, el que deuria fer pensar de la contradicció als partits autodenominats d'esquerres.  

Espanya figura entre els països amb els millor estandards democràtics del món; La revista anglesa The Economistens situava en el lloc dinou referit a l'any 2017, per cert, per davant de Bèlgica. Per la seua part, l´Institut d'Estudis Freedom House ens dona 94 punts sobre 100, per damunt d'altres democràcies com la francesa (90 punts), la italiana (89 punts) o la d'Estats Units (86 punts), però pese a l'evidència vegem com el victimisme es manté amb acusacions tan repetides com que Espanya es un estat totalitari, feixista inclús, on no es respecten els drets socials i on no existix la independència judicial, amb el convenciment que  finalment una mentira repetida siga entesa per la major quantitat de gent possible com a veritat.

Aquesta defensa troskistafront a la contrarevolució es completa amb un altre paradigma: la part contraria, en aquest cas el govern espanyol no vol parlar, mai hi ha volgut asseure a dialogar. Quan un mira amb perspectiva el que ha passat a la nostra democràcia recent, des del mateix moment en que s'aprovà la pròpia Constitució, no pot sinó adonar-se que cada vegada que el govern central, recordem que democràticament elegit, no ha tingut majoria absoluta (el que ha segut el més freqüent), sempre ha negociat amb els nacionalistes catalans, i sempre ha cedit, no sols abundants partides pressupostàries que suposaven la disminució dels inversions en altres regions d'Espanya menys fortes políticament, sinó també l'entrega de competències que creaven greuges comparatius amb els nascuts a altres llocs, competències que eren a més concessions permanents, a canvi d´un vot temporal. Però res importa, la consigna es la falta de diàleg del govern central, el victimisme per damunt de tot. 

Però la conseqüència de tant victimisme és que una gran part dels catalans s'han convençut de prompte que patixen una discriminació injusta que sols es pot corregir amb la independència, una espècie d'arcadia feliç on cap problema deixa de tindre una ràpida solució, i a partir d'ahí, els polítics que abans dirigien l'estratègia, a hores d'ara comencen a comprovar com el moviment se´ls va de les mans i, lamentablement, la violència fruit de la frustració comença a aparéixer. Ja no s'espera a respondre a una agressió prèvia, la impaciència despertada vol passar al següent estadi, el dels crits de “les carrers son nostres”, “assaltem el Parlament”, “s'han acabat els somriures”. Potser aquest és l'últim tram del trajecte: Trotski ha deixat de ser el model, i molta gent s'està adonant que allò del seny se´ls ha caigut pel camí.

jueves, 13 de septiembre de 2018

Apunte sobre la leyenda que no cesa


              "En el siglo XXI, la leyenda negra de España, en Europa y América, se reduce a algunos tópicos que carecen de fuerza e importancia. En cambio, sigue muy viva entre las izquierdas españolas. Podríamos decir que “no hay nada nuevo bajo el sol”, sino variaciones y versiones nuevas de mitos y leyendas viejos”. 

En defensa de España. Stanley G. Payne



domingo, 2 de septiembre de 2018

Entre el yo y el nosotros. Divagaciones y una conclusión (final)

Hablábamos hace unos días del dilema que se plantea entre el yo y el grupo, o lo que es lo mismo, entre el individuo celoso de su propia privacidad y la sociedad en la que forzosamente desarrolla su peripecia humana, y reconocíamos la victoria sin paliativos del grupo/masa sobre ese yo particular, con la amenaza además de que a éste se le impusiesen unas ideas no solamente ajenas, sino maliciosas, con el ánimo de perturbarlo en su libre albedrío. Acabábamos con unas preguntas sobre la educación, conscientes de que esa era la piedra angular en la construcción social y por tanto en las relaciones entre individuo y sociedad. 

A nadie se le escapa este papel decisivo de la educación e infinidad de citas, innecesarias por abrumadoras, lo confirmarían de quererlo. No nos costará aceptar además que una educación desentendida del proyecto social en el que se lleva a cabo, de sus principios y sus valores, contribuiría a la fractura de ese proyecto común, pero a partir de ahí y de forma inmediata surge el enfrentamiento, la colisión entre la formación de la propia personalidad entendida a la manera humanista de desarrollo íntimo del yo particular, con la necesidad de formarnos para la convivencia, para la formación de ciudadanos sociales capaces de construir un mundo homogéneo dotado de normas de común aceptación. Personalidad y sociedad se ven pues compelidos a andar juntos, a la vez que obligados también a convivir con las fricciones y a resolverlas de la mejor manera posible, unidos como están en un proceso de creación histórica imparable. 

A este respecto interesan las propuestas que hace Javier Gomá en su citado Aquiles en el gineceo, respecto de Rousseau y Goethe, los dos grandes educadores de Europa. Lo hace además de manera crítica a partir de la propia experiencia vital de ambos, entendiendo que “La relación en la vida de estos dos grandes con las instituciones de la eticidad muestra que su potente subjetividad nunca llegó a penetrar en el reino finito de la polis. Un yo demasiado rico y lleno se negaba a aceptar la alienación inevitable, radicalizada hasta la anulación del yo en el colectivismo de las grandes urbes”. Si por resumir atendemos solo al ejemplo de Rousseau en su Emilio, y dando un paso más desde el yo/grupo a la educación privada/pública, opina el ginebrino que la educación privada hace hombres autosuficientes que viven la vida en toda su intensidad, en tanto que la educación pública forma ciudadanos dispuestos a ejercer un oficio, un hombre civil que no sea más que “una unidad fraccionaria que depende del denominador, y cuyo valor está relacionado con el entero, que es el cuerpo social”. En línea con el pensamiento naturalista, su gran consejo al alumno será: “Aprende a volverte tu propio dueño; manda en tu corazón, ¡oh, Emilio!, y serás virtuoso”. 
   
Sin embargo esta no parece la opinión definitiva de Rousseau al respecto. Poco tiempo después de la publicación del Emilio aparece su Contrato social, donde propone como la máxima aspiración que le queda al yo, el “estar preparado para anularse sin esperar nada a cambio” en palabras de Gomá, pasando de la “entronización metódica del yo solitario” a la “drástica abstracción del yo en el nuevo totalitarismo social”. Una aparente contradicción a favor del grupo que Rousseau apuntala con que “Cada uno de nosotros pone en común su persona y todo su poder bajo la suprema dirección de la voluntad general y nosotros recibimos corporativamente a cada miembro como parte indivisible del todo”; “Cada ciudadano no es nada ni puede nada sino gracias a los demás”. A partir de estas aseveraciones, el propósito fundamental de la educación pública debería ser la anulación nihilista de personalidad de cada cual, de su subjetividad, a favor de la “objetividad del bien común”. 

Una pregunta resulta pertinente en este momento, ¿los parámetros sociales de la época de Rousseau sin los mismos a los nuestros?, ¿valen sus afirmaciones de entonces o merecen una reconsideración que las actualice?, es el propio Gomá quien nos responde con un argumento en nuestra opinión convincente: “El suave nihilismo que da el tono a la época actual ha permitido que tanto el yo como la polis hayan dimitido de sus pretensiones totalizadoras incompatibles entre sí”. La conllevanza entre el yo y el grupo, y por extensión entre la educación privada con la pública, por mucho que el peso de lo segundo sea mayor que lo primero en aras de una polis que a todos integre, debe permitir a los dos su existencia porque de lo contrario, si lo público anulase lo privado, si el grupo/masa del que hablábamos al principio hiciese imposible en su objetividad el desarrollo del yo individuo en su subjetividad, lo que estaría en cuestión es el propio concepto de libertad, y a partir de ahí el problema estará en el lugar en que situamos el fiel de la balanza.  

Bajemos para acabar a la palpable realidad para tratar de responder, siquiera sea sucinta y parcialmente, a una pregunta básica: ¿es pues pertinente la existencia de una educación privada en nuestro tiempo?, en nuestra opinión no solamente es pertinente sino necesaria, y como ya adelantamos, la cuestión estará en el grado que deba tener una y otra. Decimos que es necesario porque la educación privada, en correcta unión con la educación publica, garantiza la libertad del individuo, la formación de diferentes corrientes de pensamiento que contribuyan a la diversificación de la sociedad. La democracia precisa de la diversidad, porque de lo contrario lo propio sería un sistema totalitario. No hay democracia sin diversidad, y esta a su vez es hija de la educación de los individuos. Ahora bien, para contribuir a ese común proyecto social al que antes nos referíamos, los principios que los inspiran, aquellos valores en los que basamos nuestro sistema organizativo, deben estar presente en cualquiera de los dos tipos de educación. Recelemos pues de quien desee solo un sistema privado de educación autónomo de lo público, porque quizás no esté hablando más que de privilegios, pero hagámoslo también de quien solo proponga un sistema público, porque en este caso quizás lo que tengamos delante no sea más que el propósito de adoctrinamiento a favor de causas espurias y al final privadas a favor de una sola parte del todo.  

viernes, 24 de agosto de 2018

Entre el yo y el nosotros. Una duda sobre la educación (1ª parte)

Por el hecho de vivir sabemos de la “experiencia de ser único”: cada cual tiene sus gustos, sus creencias, sus afinidades y sus repulsiones. Pero esa misma experiencia también nos muestra el enfrentamiento de nuestra unicidad con el irremediable hecho de pertenecer a un común, a un colectivo que siendo formado por todos ya no es la simple adición de cada uno de sus componentes al fin diluidos. Una colectivo además al que por una parte pretendemos influir, pero que sin duda nos influye hasta convertirnos como poco en el “yo circunstanciado” que diría Ortega. 

El dilema que esta dualidad provoca nos acompañará trágicamente hasta el fin de nuestros días, porque por más que queramos nadie estará nunca a salvo de esa interrelación con el grupo y de la influencia que proyectará sobre nosotros. Desde que nacemos alguien nos guiará, alguien nos educará, nos marcará las pautas de nuestra conducta, nos premiará cuando cumplamos con las coordenadas trazadas y nos sancionará cuando nos las saltemos, nos iremos pues convirtiendo en masa, hasta que seamos nosotros mismos los que, llegado el momento, contribuyamos a construir, a concordar, a educar y a castigar a los que detrás vengan. 

Será la polis, por usar el término clásico, quien al final establezca sus normas, unas, en el mejor de los casos, fruto de la voluntas democrática del grupo, que se plasmarán en leyes y códigos de obligado cumplimiento, pero otras también en opiniones generalmente aceptadas, consensos sociales no escritos convertidos en auténticos caminos para las conciencias, en verdades de “obligado” cumplimiento a las que desde hace años hemos otorgado el nombre de políticamente correctas, en un uso tan contemporáneo como cargado de simplista superficialidad. 

Construido el edificio de esas creencias y aceptado el encuadramiento, convendremos en aceptar que el colectivismo ha ganado al yo contemporáneo, al que solo le queda tomar conciencia de su infinita insignificancia, sensación que se afianzará conforme nos acercamos a la hora de nuestra muerte física, la espiritual quizás se haya producido bastante antes. Mientras tanto, tributo obligados a las comunidades modernas, habremos consentido el encuadramiento en forma de guarismo en la línea apuntada por Javier Gomá en su Aquiles en el gineceo, para el que, “las actuales sociedades complejas necesitan convertir al individuo en res externasusceptible de cuantificación”, tanto que hasta el número del documento de identidad será como uno más de la familia. 

Pero este enfrentamiento dualista, ¿es bueno o es malo?, pues de todo un poco, como será fácilmente deducible por cualquiera de nosotros, pero lo que es seguro es que es inevitable. El siempre atinado Laín Entralgo, preguntándose por la posibilidad de que el hombre, al desasirse de la realidad presente y de la Historia quedase solo, asevera con rotundidad, “Esto es imposible, y con imposibilidad metafísica, porque la realidad del hombre… se halla constitutivamente abierta hacia “lo otro”. Entendemos a ese “otro” como la colectividad en la que vivimos. 

Existiendo pues la dualidad, dándose la trágica relación entre los dos estados, y aceptada por irremediable la sumisión del individuo al colectivo, ¿cómo hacer más llevadera la batalla?, ¿cómo salvar mínimamente la libertad individual en un proceso que resultará al fin tan heroico como fracasado? No encontramos mejor camino que afianzando la autocrítica, el descreimiento razonado a lo que se nos propone, imponiendo el yo razonado al yo confiado, haciendo en cualquier caso del pensamiento ajeno un punto de partida en tránsito reflexivo, más que uno de llegada fácil y cómodo, pero ajeno a nuestro spiritus. 

Partamos finalmente de otra opinión de Gomá para acabar en una conclusión abierta que no dudamos en calificar de incompleta. “El enemigo de la sinceridad es la sociedad que falsea y pervierte el ser auténtico del yo y lo esclaviza a las apariencias y las opiniones”. Añadamos así otro componente a la reflexión, el grupo/masa del que todos formamos parte hasta ser individualmente responsables de sus actos, “falsea y pervierte”, engaña, en ocasiones miente, impone opiniones interesadas al todo en beneficio de la parte. Si esto es así, al enfrentamiento aludido entre el yo individual y el nosotros grupo se añade ahora la cautela a no ser engañados, a que nos se nos conduzca por caminos ajenos a nuestros principios, a nuestras legítimas creencias, hasta hacer del yo reflexivo un esclavo de las apariencias y las opiniones que le son ajenas.     

El instrumento para hacer frente a ese engaño no es otro que la educación, como ya se habrá intuido, pero entendiendo ésta no como un cúmulo de conocimientos que deben de adquirirse para “manejarse” adecuadamente en la sociedad en que vivimos, sino como una inmersión en los valores que en algún momento nos otorgarán la condición de ciudadanos libre pensantes, críticos y constructivos en la consecución de un fin heroico logrado con esfuerzo, ese fin al que Eugenio D’Ors entrañablemente llamará “tu obra bien hecha”. 

Si aceptamos lo anterior, el final no pueden ser más que múltiples preguntas de las que escogemos solamente dos: ¿es lícito que en una sociedad moderna alguien tenga el monopolio de la educación?, ¿debe el Estado, como representante operativo máximo del grupo/masa, ser el único competente en la formación del los individuos? 

miércoles, 15 de agosto de 2018

Un secreto, ¿inquietante?

           "Cada hombre encierra en su interior un secreto insondable, que lo convierte en misterio incluso para si mismo. Este secreto consiste en la fórmula única con que cada cual conjuga la esperanza de ser único y la experiencia más fuerte y repetida de ser sustituible"

Aquiles en el gineceo. Javier Gomá Lanzón 


      Somos únicos en nuestra individualidad mientras vivimos, el mundo gira sobre nosotros fundamentalmente en la juventud, hasta que la modestia o el abatimiento se abre paso ante la infinitud de nuestro yo, que se derrite como un azucarillo cuando llega el momento de la muerte física. ¿Como conjugamos esa dicotomía?, ¿descubrimos nosotros la fórmula para la coexistencia o más bien es la pura realidad quien nos sirve la respuesta?

domingo, 29 de julio de 2018

Entre el relato y la verdad

Quien lea con cierto detenimiento la prensa más allá de los titulares de las primeras páginas, sabrá que una de las cuestiones candentes que en la actualidad se debate en el País Vasco es la del relato post ETA, el cómo va sedimentándose en la memoria ciudadana la dura experiencia provocada por la época en que los terroristas sembraron de dolor y muerte todo el territorio de España, pero de manera muy especial las tierras vascas objeto de su particular política de “liberación”, y de como finalmente el Estado, y la perseverancia de una de sociedad que se siente libre, fueron ganando terreno de manera trabajosa, hasta acabar con tanto sufrimiento. ETA fue finalmente derrotada es cierto, pagándose para ello un alto precio de dolor y muerte, de sangre inocente derramada y desgarros personales y sociales que tardarán mucho tiempo en cicatrizar, pero esa victoria no será completa, tanto sufrimiento no será fructífero en la consolidación de una sociedad más democrática, si lo que queda al final es un relato distorsionado que no solamente no ponga en valor el triunfo de la paz y la libertad de los “hombres buenos”, sino que deje en el cuerpo social un virus que con el tiempo germine en un nuevo brote de trágico fanatismo. 

Bien está que en este proceso de esclarecimiento, de poner negro sobre blanco la verdad sobre lo que ocurrió, aparezcan ensayos históricos o sociológicos  que lo desgranen, y que los partidos políticos y el resto de organizaciones asuman sin complejos en sus discursos quienes fueron los héroes y los villanos, pero sin duda la literatura de narración, las novelas, los cuentos, tienen mucho que decir al respecto. Entre los mejores autores de estos textos está sin duda Fernando Aramburu.

En 2016 apareció la que a buen seguro es hasta el momento la gran novela de los años más negros de nuestra época contemporánea; Patria fue un fenómeno editorial que contribuyó de manera sutil pero a la vez contundente, a relatar la trágica tristeza de unas décadas llenas de miedo, de odio, y no con protagonistas conocidos cuyos nombres aparecen con frecuencia en los telediarios, sino en la gente normal, gente como cualquiera de nosotros, que por vicisitudes de lo cotidiano pasan de la convivencia al desprecio, de la amistad al encono, víctimas de la enfermedad de lo irracional.  

Anteriores a Patria, Aramburu escribió Los peces de la amargura (2006) y Años lentos (2012), que a vista de éste lector son como relatos preparatorios del definitivo. Se trata de una colección de escenas cotidianas, que con la sencillez de los habitual dicen más que sesudas páginas llenas de reflexión, y precisamente porque a través de la historia del niño que ve como asesinan a su padre cuando los dos van al cine, o de la bomba que siega las esperanzas de la chica que casualmente pasaba por allí, por poner solo dos ejemplos, dejan en nosotros la tarea de la reflexión, para que ésta sea intima, personal, más profunda y fructífera. 

Que bien haríamos en propiciar en colegios la lectura comentada de estos textos; cuanto contribuiríamos con ello a derrotar definitivamente al más fanático de los nacionalismos en la conciencia de las nuevas generaciones, y todo ello mientras disfrutamos de la mejor literatura. 

sábado, 7 de julio de 2018

El "problema" de España XVII

Faltaba algo más de medio siglo cuando murió Rodrigo Caro, para que los cimientos de la Casa de Austria en España se derrumbasen definitivamente; pero el ambiente de pesimismo con que se percibía la situación del Reino era más que palpable. En su “A las ruinas de Itálica”,soneto que durante mucho tiempo fue atribuido a Francisco de Rioja, refleja la situación.

“Estas ya de la edad canas ruinas,
que aparecen en puntas desiguales,  
fueron anfiteatro y son señales
apenas de sus fábricas divinas.

¡Oh, a cuán mísero fin, tiempo, destinas
obras que nos parecen inmortales!
Y ¿temo?, y ¿no presumo que mis males
así a igual fenecer los encaminas?

A este barro, que llama endureciera
y blanco polvo humedecido atara,
¡cuánto admiró y pisó número humano!

Y ya el fasto y la pompa lisonjera
de pesadumbre tan ilustre y rara
cubre hierba y silencio y horror vano.”

sábado, 30 de junio de 2018

Desencanto

Si no recuerdo mal, fue Ortega quien propuso una teoría de las generaciones cuya principal conclusión era que se entendían mejor abuelos y nietos que padres e hijos, porque entre estos últimos se activaba una especie de fuerza acción-reacción que a la postre venía a incrementar las afinidades entre generaciones alternas y las disminuía en las continuas, condenadas a enfrentarse y distinguirse una de otra. De un padre liberal, por ejemplo, saldría un hijo conservador, para volver de nuevo al nieto liberal, en una cadena que con las debidas adaptaciones circunstanciales llegaría al fin de los tiempos.

De esa manera, las características esenciales de una generación se repetirían en las números pares por un lado y en las impares por el otro, formando dos grandes grupos que compartirían, de manera separada, un mínimo común en la forma de ver y de entender la vida. La conjetura me parecía perfecta, y con ella he defendido variados argumentos en amables discusiones de amigos cuando nos poníamos manos a la obra, a la dura tarea de arreglar el mundo. Y siempre resultó ser un argumento convincente.

Pero algo falla, inquieto caigo en la cuenta de que quizás sí, algo pueda haber que vincule a todas las generaciones que en la historia han sido, pares e impares, diestras o siniestras, pacíficas o guerreras,…y que por lo tanto las hace menos diferentes: se trata del desencanto.     

¿Qué generación no está desencantada consigo misma cuando ha pasado suficiente tiempo como para volver la vista atrás?, ¿hay alguna a la que no se le hiele la sangre cuando llegado el momento de ese giro de cabeza no se ahoga con un sentimiento de frustración?, ¿a alguien se le ocurre alguna? Quienes vivieron la revolución del 68 renegaron de ella pasados escasos diez años; quienes colmados de idealismo ganaron la guerra, se decepcionaron porque con el tiempo comprobaron la temporalidad de sus verdades eternas; muchos de los que pergeñaron la Transición, se lamentan ahora de una democracia que les parece imperfecta, raquítica ante la grandeza de sus ilusiones. Hasta los protagonistas de La buena vida de David Trueba sienten esa misma sensación cuando dos décadas después se encuentran en Casi 40, ¿alguien ha visto alguna vez una película con este argumento en la que ocurra lo contrario? 

¿Qué falla de manera tan reiterada?, pues no se, quizás en el momento vigorosamente juvenil de la vida en el que todo proyecto parece estar al alcance de las manos, nos hemos creído más fuertes que nuestros antepasados, quizás creíamos que nuestro compromiso con las grandes tareas era superior al mantenido por nuestros abuelos, en una suerte de adanismo congratulador que solo acaba cuando invariablemente nos hacemos lo suficientemente mayores como para tener que soportar de nuestros hijos la misma matraca con que nosotros abrumábamos a nuestros padres. De ser así la decepción no sería más que el estado avanzado de maduración de una fruta llamada utopía.   

jueves, 28 de junio de 2018

El legado del escritor

"Acaso sin saberlo o sin proponérselo, todo escritor deja dos obras. Una, la suma de sus textos escritos; otra, la imagen que del hombre se forman los demás, resumida, con no escasa frecuencia, en un símbolo que se apodera de la imaginación de la gente."

Fernando García de Cortázar refiriéndose a Virgilio, en "Leer España". 

domingo, 17 de junio de 2018

El "problema" de España XVI

Volvemos a Larra, aquel al que García de Cortázar define como “irónico y trágico, ilusionado y desencantado”, y que en sus artículos “describe con precisión y maestría las costumbres que quiere desintegrar, y nos deja el cuadro más plástico de la España de los últimos años de Fernando VII y de la Regencia e María Cristina”.

De uno de esos artículos tomamos la cita en que tan agudamente enuncia su estrategia de perfeccionamiento:

“Somos satíricos porque queremos criticar abusos, porque quisiéramos contribuir con nuestras débiles fuerzas a la perfección posible de la sociedad a que tenemos la honra de pertenecer” 

domingo, 20 de mayo de 2018

Sobre claves de la historia

¿Tenemos en la actualidad las mejores herramientas para descifrar las claves de la historia?
Margaret Atwood acaba su excelente El cuento de la criada con una frase inteligente y quizás también, llena de ironía:

"Como todos los historiadores sabemos, el pasado es una gran tiniebla llena de resonancias. Desde ella nos llegan algunas voces; pero lo que nos dicen está imbuido de la oscuridad de la matriz de la cual salen. Y, por mucho que lo intentemos, no siempre logramos descifrarlas e iluminarlas con la luz, más clara, de nuestro propio tiempo"

Es decir, ¿"nuestro propio tiempo" nos ofrece una luz más clara?



miércoles, 29 de noviembre de 2017

Una visión desde Francia

             "La civilización española posee indiscutiblemente su originalidad y su singularidad, pero ¿es radicalmente ajena a los grandes movimientos que caracterizan al Occidente europeo? No hay ningún motivo serio para pensarlo". 

Historia de España. Joseph Pérez

miércoles, 18 de octubre de 2017

Una curiosa clasificación y cualificación

         "Establezco una gran diferencia entre las personas. Elijo a mis amigos por su buen aspecto, a mis simples conocidos por su buen carácter y a mis enemigos por su buena inteligencia. Un hombre no daría nunca bastante importancia a la elección de sus enemigos. Yo no tengo ni uno solo que sea tonto. Son todos hombres de cierta potencia intelectual, y, por consiguiente, todos me aprecian. ¿Es esto muy vanidoso por mi parte? Creo que es más bien vano." 

Oscar Wilde en El retrato de Dorian Gray

domingo, 15 de octubre de 2017

OLIVER TWIST, de Charles Dickens

Si a un siglo se le pudiese calificar por la importancia que un determinado género literario tuvo en él, sin duda el XIX sería el gran siglo de la novela; efectivamente, si como se dice el Quijote representó el nacimiento del género, sería a lo largo del llamado Siglo de las Revoluciones cuando este modo narrativo eclosionaría de la mano de autores tan fundamentales como Zola, Stendhal, Dickens, Dostoievski o Tolstoi, por citar solo algunos, sin olvidar para nada a los españoles Clarín, Pardo Bazán o Pérez Galdós entre otros.  

Digo Siglo de las Revoluciones entendiendo que el XIX y a estos efectos, no se constriñe estrictamente a la centuria, sino que realmente empieza en 1789 con la Revolución Francesa y no termina hasta la Revolución Rusa de 1917, desde la victoria de los burgueses frente a los aristócratas a la de los proletarios frente a los burgueses, pasando por la decisiva Revolución Industrial a partir de la cual se desatarían toda una serie de insurrecciones sociales y políticas que transformarían el mundo material, pero también, o sobre todo, los paradigmas intelectuales ya de manera definitiva.    

La novela del XIX es fundamentalmente realista, con sus momentos costumbristas sobre todo al principio y su naturalismo posterior, porque lo que hace es describir todo aquello que en la sociedad está ocurriendo, y tantas cosas interesantes pasaban al mismo tiempo que no se necesitan fantasías añadidas, la imaginación es innecesaria, basta relatar la vida, los hechos tal y como ocurrían delante del perspicaz observador, porque quizás nunca mejor que entonces, la realidad era tan potente que sobraban las conjeturas.

Este es el ambiente en que Charles Dickens escribe Oliver Twist, y la obra es un ejemplo de las inquietudes y los cambios de la época. Dickens se atreve a presentar al gran público británico, aún embebido en el deleite del selecto ambiente victoriano, la sordidez de la sociedad londinense del momento, los lupanares donde jóvenes queman sin esperanza sus vidas, criminales sin escrúpulos que malviven en barrios mal olientes y míseros, niños abocados a la delincuencia  con final más que probable en la horca, etc., pero todo esto lo hace sin dotar de matices la personalidad de los personajes; en Oliver Twist quien es malo es malo y quien es bueno es bueno, no hay término medio, hasta el punto de que en ocasiones se llegan a percibir ciertos toques caricaturescos en los comportamientos que llevan la escena hasta el abismo de la parodia, en la que afortunadamente nunca llega a caer. Quizás por todo esto, y por el minucioso detalle con que se describen esos ambientes, sea una novela tan cinematográfica; a buen seguro que todos recordamos versiones realmente esplendidas.  

El texto supone una crítica evidente a la manera en que vive una parte de la sociedad, la más desfavorecida, la de los famélicos niños que padecen un régimen de orfanato que lejos de protegerles les hace sufrir de manera inmisericorde, pero Dickens no lleva esta crítica al terreno de lo reinvindicativo, de la protesta, de la demanda de responsabilidades, se conforma con señalar como culpables a los propios encargados del hospicio, a las gobernantas o a los celadores que malviven en el nivel más bajo de la sociedad acomodada, míseros personajes al fin y al cabo, conformados con llevar de manera precaria un sobrero de tres picos y el bastón, signo de autoridad sobre los menesterosos a su cargo. La novela no adopta pues el carácter social que veremos en muchas de sus contemporáneas, en modo alguno se la podría calificar como tal, limitándose a ofrecer unos mensajes moralizantes que pese a todo no le libraron de la crítica del establishment.

Nadie que pretenda, ya no entender, sino simplemente disfrutar de la buena literatura que a día de hoy tan al alcance está de cualquiera, debería perderse esta parte esencial que supone la rica novelística del XIX. Al menos una docena de autores son imprescindibles, y Dickens está entre ellos. 

domingo, 24 de septiembre de 2017

DIGUEM NO ALS PRIVILEGIS

Ja fa temps que no tinc cap interés per tot el que envolta l'assumpte català, tots sabem que parlem, un seguix les noticies i selecciona algunes opinions, com qualsevol persona mitjanament informada, però en crea una immensa perea dedicar tan sols mig hora a reflexionar, a pegar-li voltes a un tema mes que trillat, per preocupant que siga; no obstant, les esdeveniments de les darreres hores, que pareix que a molts catalans les ha paregut ofensiu que l'Estat (que no Madrid, ni el Govern del PP) es defenga per mitjos legals, i mols prudents diria jo, del que a totes llums jurídiques i polítiques no es mes qu'una subversió de la legalitat per imposar un altra xafant a les minories. Vençem el tedi i posem algunes idees damunt de la taula, idees que per altra part difícilment poden ser originals, despres de tot el que s'ha dit i s'ha escrit durant aquestos mesos.

Si un viu en una casa que es propietat comú, per exemple del matrimoni i de dos fills, ¿direm que cada tros de la casa es d'un dells?, pareix que no, ¿no?, el menjador no serà del marit, o la biblioteca de l'esposa, o el pati de llums d'un dels fills, o l'entrada a la vivenda…, ¿de qui podríem dir que es l'entrada de la vivenda?, absurd veritat, si la casa es de tots, el seu règim de propietat, el més habitual, s'anomena proindivís, es a dir, tot es de tots, tots son propietaris per la seva respectiva quota legal, però eixa quota no es concreta en un tros determinat de la casa sinó que la inclou a tota ella, de manera que tant el marit com l'esposa, com qualsevol dels fills tenen dret a sentir-se en sa casa com a legítims propietaris, tant si estan el menjador, com a la cuina, o a la terrassa, i qualsevol acció sobre ella (una venda, una partició, una reforma integral, etc.) deu d'estar aprovada per tots ells, i en cas que algú dels membres de la família faça un us incorrecte d'eixa propietat compartida, seran les jutges els qui aplicaran la llei. 

Doncs be, el que en una vivenda es un proindivís, en una nació podem anomenar-ho sobirania, es a dir, jo que soc valencià puc exercir la meua sobirania, o el que es el mateix, puc disfrutar dels beneficis, i també he de complir amb les obligacions que en pertoquen, tant si estic a Beneixama, com si estic a Freixeiro, a Úbeda o a Sant Feliu de Guixols. De la mateixa manera un natural per exemple de Sant Joan de Vilatorrada podrà sentir-se en sa casa, i exercir i disfrutar dels seus drets ciutadans (sanitat, educació, serveis socials, etc.) si per un casual un dia es troba en Quintanilla del Monte, que si no recorde mal en un poble de Burgos. La sobirania ens dona la condició de ciutadans, i per lo tant ens iguala en drets…., i obligacions, perquè si un beneixamut se salta un semàfor en roig al seu pas per Azcona, que es basca, però que també deu tindre semàfors, incomplix una obligació, i per tant serà sancionat. Si açò ens pareix a tots el mes normal del mon, ¿perquè ara els nacionalistes catalans volen ells soles decidir, i com ja pareix que han fet, pillar la determinació de quedar-se amb una part de la casa i els altres no podem dir res?, ¿no es també ma casa per un acord que al seu moment varem pillar tots per voluntat pròpia?, ¿no es ta casa?, ¿perquè ells volen tindre un dret en exclusiva i als altres ens el voler privar?, ¿no es diu açò voler tindre privilegis respecte a les demés?

Però es que a mes a mes, dona la casualitat que el tros que ells volen en exclusiva, i sense que els altres pugem dir res, es el que te la porta principal d'eixida i entrada a la casa comú, per la que passen els millors trens, els millors carreteres, els connexió d'alta tensió i gas amb la resta d'Europa, etc., i s'ha pagat per tots els espanyols durant dècades a través dels corresponents impostos, i resulta que encara tendríem que demanar-los permís de pas!!!. Per algun motiu que se'ns escapa resulta que els no catalans no podríem votar sobre un assumpte que ens afecta de ple, que afecta al nostre benestar, als nostres interessos, a les nostres inversións…, sols podrien fer-ho els catalans amb eixe títol,  per la simple raó que eu diuen ells. Ha de ser alguna herència oculta que va deixar Guifré el Pilós, potser  quelcom paregut al que molts segles després li va passar al senyor Pujol, o per algun “fet diferencial”, que els dona eixe dret en exclusiva. De no ser així un, que ha pagat la seua quota alíquota a l'igual que s'on pare, que s'avi i que el seu besavi, no acaba d'entendre perquè no tenim dret ni tan sols a votar. ¿Qui es un membre de la casa per a llevar-li un dret a un altre? En pareix a mi que quan algú s'auto atorga un privilegi sobre el bé comú, als altres ens estan robant un dret. 

Quan les coses es plantegen amb estos termes, els nacionalistes solen apel·lar a una especie de mantra meravellós que anomenen “dret a decidir”, tan meravellós i màgic es que ninguna constitució de països homologables al nostre el reconeix però clar, qui es excepcional es excepcional, això hia que reconéixer-ho.

Però es que la cosa no acaba ahí, resulta que el Parlament catalá en dues sessions que deurien avergonyir a qualsevol persona amb un mínim sentit democràtic, xafant a l'oposició, no deixant-los presentar esmenes, saltant-se a la torera els informes jurídics del seus propits lletrats, ha vulnerat, a trepitjat la Constitució de tots, el seu Estatut d'Autonomia i a qualsevol que passara per allí; davant d'eixa situació L'Estat, complint la seua obligació i amb una prudència que de vegades ralla el ridícul, pren unes mesuren per evitar el que no es mes que una descarada conculcació dels nostres drets, dels que no som catalans i dels que eu son, i.. l'acusen d'Estat autoritari!!!!!, clar com ells tenen el “fet diferencial”, com ells tenen privilegis… els que no tenim “la identitat catalana” hem d'aguantar amb una paciència de sant el menyspreu, que xiulen el nostre himne, que vullguen privar-nos dels nostres drets, clar, sempre es tracta de lliberta d'expressió, però després tu atrevix-te a significar-te com a constitucionalista a Girona, o passa pel costat d'una concentració de coacció al Tribunal de Justicia de Catalunya amb una bandera d'Espanya, i voras el que alguns opinen de la teua llibertat d'expressió. Al final, el que son les perversions del llenguatge, resulta que saltar-se les lleis es democràcia, en tant que fer que es complisquen es feixisme, no està mal. Damunt en la propaganda que aquestos dies estan fen per convéncer a la gent que vote “si” a l'hipotètic referèndum del dia 1 d'octubre, diuen que els catalans mantindran la doble nacionalitat espanyola i catalana, es a dir, que podran fer us dels drets de tots, inclús el de vot en decisions que afecten a tota Espanya (això és la doble nacionalitat), i els altres no podrem decidir sobre el seu. Realment fascinant, amb eixa bicoca, ¿com no van a tindre seguidors?

Però el problema no ve d'ara, l'escriptor Ignacio Agustí (autor de les conegudes Mariona Rebull o la televisiva La Saga de los Rius), deia que “el catalanisme es un comodí. Sols, no significa res; balbuceja, al marge de la baralla política, el seu romanticisme solitari. Però amb ell podem jugar-se i guanyar-se partides polítiques”. Per la seva part, l'historiador catalanista Rovira i Virgili en el seu El Nacionalismo Catalán (1917), afegia que “el separatisme català, en el seu aspecte polític, no es mes que un sentiment variable i condicional”, es a dir, el nacionalisme i el separatisme es poden utilitzar en moments puntual per guanyar determinades batalles polítiques, i be, hia que reconéixer-ho, que han sabut utilitzar des de sempre eixe instrument, evidentment amb la passivitat mes que manifesta de tots els altres.

Molts han dit que la desafecció real de Catalunya a Espanya comença amb la pèrdua de Cuba a 1898, es possible, entre altres coses pot ser que per opinions com la del diputat Josep Puig Llagostera, empresari i membre de la Liga Nacional de Barcelona, hereva directa del Cercle Hispà Ultramarí, únic partit amb principis negrers d'Espanya, que va fer famosa la frase “sálvense las colonias y piérdanse los principios”. Si eixa teoria fora certa, Cuba es va perdre i tot va començar a canviar. Però la necessitat de moderar i calmar el nacionalisme sempre ha segut una font inesgotable de recursos cap a eixa part d'Espanya. La llista seria llarga però podem mencionar sols a títol d'exemple que al període 1955-1964, impulsat en gran part per les inversions de l'INI (Seat, plantes siderúrgiques, etc.) el Valor Anyadit Brut de l'eix Catalunya-Cornisa Catábrica, representava el 46'78% de la riquesa total espanyola, en tant que la població representava el 21'85% del total, el que explica entre altres coses la forta immigració des d'altres regions. Es un secret a veus que l'actual sistema de finançament autonòmic, tant injust per als interessos valencians, es va aprovar a l'època de Rodriguez Zapatero després d'estar consensuat amb els dirigents catalans (i arreplegades les seues demandes); a mes a mes la inversió pública al període 1991-2016, segons dades del Ministeri de Foment arreplegades per l'economista Jose Carlos Díaz, diuen que Catalunya va ser la primera en inversió estatal, aconseguint el doble que València o Madrid, i que dividides eixes inversions publiques per nombre d'habitants, les de Catalunya estan un 10% per damunt d'Andalusia, un 30% per damunt de Valencià i un 50% per damunt de Madrid. Per finalitzar l'actual ministre d'economia Luis de Guindos, ja ha dit que si el president Puigdemont retira la convocatòria de l'1 d'octubre, milloraran sensiblement la finançació catalana des de l'Estat; evidentment, els paga'ns serem, un altra vegada mes, els que no tenim instruments de presió política, es a dir, els que no comptem amb eixos màgics “fets diferencials”.

Ací no es tracta de democràcia o de llibertat, no es eixe el conflicte per que la democràcia i la llibertat, encara que imperfectes, funcionen a Espanya de manera homologable a la resta d'Europa; ací de los que es tracta es si en un sistema democràtic la condició de ciutadania ens conferix o no igualtat de tracte per part de l'Estat, independentment del “sentiment variable i condicional” de cadascú, ací es tracta de si les “fets diferencials” de cadascú, per que cadascú es fill de s'amare i de son pare, les atorgues a uns privilegis a costa de retallar les drets de les altres.

Els nacionalistes catalans el dia 2 d'Octubre seguiran amb les seues reivindicacions i el seu victimisme, ¿seguirem nosaltres amb la nostra conformitat i paciència?, aposte que sí. 

miércoles, 13 de septiembre de 2017

El monarca de las sombras, de Javier Cercas

Leer a Javier Cercas es leer sobre la duda: la duda del autor entre relatar la realidad o novelar la ficción, entre escribir un determinado libro o dejarlo olvidado en el baúl de los proyectos fallidos, entre si “son los libros los que tienen que estar al servicio del escritor (o) el escritor al servicio de sus libros”. En cualquier caso, leer a Cercas es hacerlo sobre una autobiografía que continuamente transita entre hechos ciertos y, o, hechos imaginados, sobre lo que es o sobre lo que quisiera ser, o lo que hubiera podido ser, o sobre lo que quizás en algún momento fue.

Esta duda entre lo real y lo imaginado, siempre con un final conclusivo no exento en ocasiones de inesperada revelación, y también, al menos eso es lo que me parece a mí, con las dosis justas de moralina, lo acompaña desde el exitoso Soldados de Salamina, pasando El Impostor o cualquiera del resto de sus novelas, hasta llegar a El monarca de las sombras.   

Me gusta como escribe lo que escribe Cercas, pero no puedo por menos, después de la lectura de prácticamente toda su obra, esperarlo en un cambio de registro; acabo El monarca… e, independientemente del tema que en cada caso toca, no me libro de la sensación de haber leído ya antes algo muy parecido escrito por las mismas manos. Tiene la madurez y la edad justa para indagar nuevos campos literarios, si no lo hace ahora, quizás ya no lo haga nunca.

El Monarca de las sombras es algo así como un enfrentamiento del autor con su propia tradición familiar, una especie de ajuste de cuentas desde la bien pensante interpretación de un hombre de izquierdas, de la época que va de 1931 a 1975, a los hechos vividos y a los posicionamientos ideológicos de su familia, especialmente de su tío abuelo Manuel Mena, un falangista de primera hora muerto en la guerra civil defendiendo los postulados de Falange. Toda la obra transita sobre el paradigma de que, si bien a las dos partes contendientes les animaban ilusiones lícitas, unos eran los equivocados y otros los acertados, los que tenían la razón de su parte, los moralmente superiores. Puede estar el autor en lo cierto o no, pero es de reconocer el valor con que se enfrenta a sus propios fantasmas desde las mismas calles de su pueblo extremeño. Si se tratase de un ensayo podríamos hacer notar la pérdida de legitimidad que para la República supuso el golpe socialista de 1934, o el fraude demostrado en las elecciones de febrero de 1936, u otras muchas razones que quizás desvirtuarían la total asimilación entre republicanos y demócratas, pero esto no es un relato histórico, por mucho que Cercas aduzca que la fantasía le está vedada.

Como hemos dicho, es típica una conclusión casi de última hora al final de las novelas de Cercas que se da también en este caso, pero que evidentemente no descubriremos. A modo de epílogo me quedo con una frase que oyó a su abuelo en plena transición a la democracia: “A ver si esta vez sale bien”.

sábado, 2 de septiembre de 2017

Sobre como vemos el pasado

"No es verdad que el futuro modifique el pasado, pero sí es verdad que modifica el sentido y la percepción del pasado"


Javier Cercas en El monarca de las sombras

domingo, 6 de agosto de 2017

Educación y democracia, la eterna cuestión

Resulta impresionante observar como en un par de centurias, Grecia alumbró gran parte de las ideas que marcarán el pensamiento occidental durante más de dos mil quinientos años…, y que dure. Con la aparición en el siglo V a.C., de los sofistas todo cambia, ya no se trata de loar legendarios hechos heroicos o mitológicos, sino que el hombre empieza a contemplar el mundo según su propia medida, el anterior modelo aristocrático pierde fuelle ante las posibilidades que la educación ofrece como herramienta para formar hombres con inteligencia capaces de gobernar las nuevas polis; la virtud no se hereda, se enseña. La que podemos considerar primera versión de la Ilustración se pone en marcha, y será a partir de esa confianza en las capacidades de cada una de las personas individualmente considerada, cuando la observación, la duda y la crítica vayan cimentando lo que en el futuro conoceremos como ciencia.

Poco a poco irá quedando claro que los privilegios no se tienen, o no se deberían tener, en función del lugar de nacimiento, ni por pertenecer a tal clase social o ser miembro de una determinada religión o raza, sino por los logros que a partir de la educación cada cual vaya alcanzando. Este proceso ha tenido y sigue padeciendo el bloqueo de importantes fuerzas refractarias, celosas de sus fueros y privilegios, pero el camino de la sabiduría nos irá alejando, lenta pero inquebrantablemente, del sentido ególatra de pertenencia ligado a la tierra o de los viejos dogmas heredados cuando no son más que injusta defensa de privilegios. Tardará en llegar, pero la semilla de la incompatibilidad entre el nacionalismo, el integrismo o el clasismo excluyente con respecto a la democracia, están ya sembradas.

Pero la idea de educación para la democracia, es decir, educación como instrumento para vivir en libertad en una sociedad en la que todos participemos a partir de nuestras creencias razonadamente adquiridas, no es unívoca ni está libre de riesgos; no lo es ahora ni lo fue en sus principios. Los sofistas por un lado y Sócrates y sus discípulos por otro, todos partidarios del Estado democrático, divergían entre la conveniencia de educar a todo el pueblo en general (a lo que entonces se consideraba ciudadanos libres, que por supuesto no eran todos), o a un grupo reducido de buenos gobernantes que posteriormente irradiasen esa inteligencia a los demás. Se enfrentaban además sobre cuál era el fin que se perseguía, si la verdad y la justicia por encima de cualquier otra consideración, o si por el contrario lo importante era educar en el arte de la palabra –oratoria-, en la técnica del convencimiento, en el uso de la demagogia como arma política con la que atraer la opinión favorable de la Asamblea. Tan popular se hizo en Atenas esta discusión que incluso Aristófanes la recoge en una de sus ácidas comedias: “¡Por Júpiter! Con mi destreza yo puedo ensanchar o estrechar el pueblo a mi gusto”, dice por boca de un demagogo metido a político.

Han pasado los siglos y uno tiene la duda de si hemos reparado convenientemente en el autentico valor de la democracia ejercida a través del voto y en la importancia de que éste sea fruto de una profunda meditación, solo posible cuando uno cuenta con los elementos de racionamiento necesarios obtenidos a través del proceso educativo. Nadie en su sano juicio puede dudar hoy de la importancia de ese proceso, pero tampoco del riesgo de que la educación sea controlada, limitada o teledirigida por instancias ajenas, de ahí que los políticos, ni los de ahora ni los de antes, quieran dejar de vigilarla, porque saben que controlando a su gusto la formación intelectual del individuo, están controlando el Estado sobre el que esos individuos, quizás ya no tan libremente, decidirán en su momento; ¿por qué sino las dificultades que unos y otros ponen por ejemplo en España, para que de una vez por todas tengamos un pacto por la educación consensuado?    

Porque al final parece ser que para algunos lo que importa es el sentido del voto cada vez que toque, ¿no seguimos dejándonos convencer en la mayoría de los casos más por quien habla y cuáles son sus credenciales –siglas-, que por aquello de lo que se habla? Hoy la Asamblea clásica, en cuanto al voto único e inapelable, la hemos cambiado por referéndums más llenos de pasiones que de reflexión, porque el método de los demagogos sigue siendo el mismo: agradar el oído de los votantes con aquello que quieren oír aunque no sean más que mentiras, y esperar a que en la siguiente ocasión se hayan olvidado del engaño, o peor aún, que consideren ese engaño como una parte normal del sistema y ya nadie se escandalice de las mentiras, todo antes que buscar la verdad y la justicia. Alaba Aristófanes el poder del pueblo –Demos-, pero al tiempo le advierte que “eres inconstante y te agrada ser adulado y engañado. En cuanto habla un orador te quedas con la boca abierta y pierdes hasta el sentido común”. El mismo Sócrates pagó con su vida el uso torticero que sus adversarios hicieron del uso del voto. A día de hoy la educación, como cúmulo de conocimientos críticos adquiridos por la persona a través de un procedimiento racional, sigue queriéndose abrir paso. 

De Machado, un puntazo

              "Es lo que pasa siempre: se señala un hecho; después se acepta como fatalidad; finalmente se convierte en bandera. Si un día se descubre que el hecho no era completamente cierto, o que era totalmente falso, la bandera, más o menos descolorida, no deja de ondear"

Antonio Machado, por boca de Juan de Mairena  

lunes, 10 de abril de 2017

PATRIA, de Fernando Aramburu

Hay libros testimoniales, libros que son como una inmensa acta notarial que certifican los odios y los miedos, los anhelos y las decepciones de toda una época; la última novela de Fernando Aramburu es sin duda uno de ellos.

La historia se desarrolla poco después de que la banda terrorista ETA anunciase el fin del uso de las armas. Dos familias vascas, euskaldunes, vecinas de un pequeño pueblo del interior de Guipúzcoa que en otro tiempo habían compartido intima amistad, hace años que vieron truncada su relación tras el asesinato de uno de sus miembros, el Txato, un pequeño empresario que no pudo calmar las exigencias del impuesto revolucionario que los terroristas le exigían, y el posterior apresamiento de Joxe Mari, el hijo del otro matrimonio, miembro de la banda, encarcelado a causa de una larga condena por los crímenes cometidos.

La novela se desarrolla en una sucesión de pequeñas escenas representadas en capítulos cortos de no más de seis páginas, lo que le concede una grata agilidad que permite al lector retener en la memoria escenarios distintos pero complementarios, en la medida que enfrentan dos realidades trágicamente opuestas, la de la familia de la víctima y la de la familia del verdugo, cuya tragedia se agranda más si cabe precisamente por la cercanía que las circunstancias les imponen.      

Es un acierto del autor no inmiscuir en los papeles principales a personajes ajenos al País Vasco, porque de esta manera evita tópicos que distraerían la comprensión de la situación vivida en esas tierras durante tantos años, desde la cobarde colaboración de muchos: “…el caso es difamar y meter miedo. Fulano hace un poco, mengano hace otro poco y, cuando ocurre la desgracia que han provocado entre todos, ninguno se siente responsable porque, total, yo sólo pinté, yo sólo revelé donde vivía, yo sólo dije unas palabras que igual ofenden, pero, oye, son palabras, ruidos momentáneos en el aire. De la noche a la mañana mucha gente del pueblo empezó a negarles el saludo.”; la cómplice justificación de la violencia por una parte muy significativa de la iglesia vasca, representada por el cura del pueblo: “Quítate las dudas y los remordimientos de la cabeza. Esta lucha nuestra, la mía en mi parroquia, la tuya en tu casa, sirviendo a tu familia, y la de Joxe Mari donde quiera que esté, es la lucha justa de un pueblo en su legítima aspiración a decidir su destino.”,  “¿Acaso ha manifestado Dios que no desea vascos en su presencia?..., sobre nosotros recae la misión cristiana de defender nuestra identidad,…” y no sobre ese “…Goliat, con su tricornio en la cabeza y sus torturadores en sótano de cuartel…”, hasta llegar a íntimo decaimiento del terrorista moralmente derrotado: “Parecía tranquilo, pero la suya era la tranquilidad del árbol caído. Su soledad deliberada, la de un hombre cada día más cansado. Y tanto como cansado, escamado. Sus cavilaciones, las de una conciencia en la que poco a poco habían dejado de sonar consignas, argumentos, toda esa chatarrería verbal/sentimental con la que durante largos años él había oscurecido su verdad íntima. ¿Y cuál era esa verdad? Cuál va a ser. Pues que había hecho daño y había matado. ¿Para qué? Y la respuesta le llenaba de amargura: para nada. Después de tanta sangre, ni socialismo, ni independencia, ni pollas en vinagre. Abrigaba la firme convicción de haber sido víctima de una estafa”.     

        El contenido de la novela es tan rico y el momento de su publicación tan oportuno, que su excelente calidad literaria queda en segundo lugar al lado de la significación social de su contenido, de su contundente alegato moral: una sociedad rota por la violencia, que pese a todo aspira a la reconciliación, aunque solo sea a través del abrazo sin palabras que sus dos principales protagonistas femeninas, Bittori y Miren, son capaces de darse pese a tener que esperar al último párrafo de libro, casi al último momento de su vida.    

Estamos, como hemos dicho al principio, ante una novela testimonial que necesariamente tenía que escribir un vasco, con protagonistas vascos, representantes cada uno de ellos si se quiere de un arquetipo social distinto, pero que ojalá se vea acompañada de otras muchas, y de cine, y de obras de teatro, y de relatos históricos que muestren a las claras como ha sido la triste historia de una época llena de sangre y acogotada por el sufrimiento, porque al final de nada habría servido todo ese dolor si el relato de lo ocurrido acabasen por dictarlo los verdugos. Patria es sin duda una lectura ineludible, al menos, para todos los que hemos vivido con angustia y durante tantos años, la peor cara del fanatismo nacionalista.