martes, 31 de marzo de 2020

IMPERIOFOBIA y leyenda negra, de Elvira Roca Barea

        Hay que admitir que esto de las controversias entre intelectuales son como un caramelo en dulce para quien le guste dedicar su tiempo a hojear libros, por eso reconozco que he disfrutado con la lectura y casi relectura de Imperiofobia y leyenda negra, de la profesora Elvira Roca Barea. La disputa la ha capitaneado principalmente un José Luis Villacañas al menos tan maniqueo y, me parece a mí, egocéntrico, como aquello que quiere denunciar, pero también la proveniente del diario El País e incluso de mi seguido Pérez Reverte, a quien Barea dedica alguna referencia en su libro cuando menos, como no, provocadora. 

          Imperiofobia no es realmente un libro de historia, al menos no es uno de esos manuales a los que estamos acostumbrados, y no lo es por la manera en que está redactado, provocativa y rompedora, pero es un libro que contiene mucha historia. Empieza con una descripción del término Imperio, y haciendo una distinción que se nos antoja esclarecedora cuando lo contrapone con el de imperialismo; a partir de ahí es como se empieza a comprender mejor la línea argumental de la obra. Trata el concepto Imperio, y enumera de manera clara y convincente las características comunes de todos ellos, con lo que llegamos a la primera sorpresa para quienes hasta el momento no habíamos caído en la cuenta, como es mi caso: hay aspectos comunes con independencia de la época en que se desarrollaron, y para demostrarlo repasa los cuatro grandes imperios de nuestra órbita, los casos de Roma, Rusia, Estados Unidos y finalmente España, para pasar sin solución de continuidad a la leyenda negra que inexorablemente se ha creado en torno a todos ellos, y también a la asombrosa naturalidad con que esos imperios la han asumido, demasiado ocupados en sus propios asuntos como para rebatir unas críticas que finalmente han creado escuela. “Los pueblos imperiales generan una leyenda negra, no por lo que hacen, sino por lo que son…”, dice Barea, una máxima que habrá que tener en cuenta durante la lectura de toda la obra.

          Como es de esperar el libro hace especial hincapié en el Imperio español, y en cierta forma asimila los términos de hispanofobia y leyenda negra, desarrollando un extenso repertorio de manifestaciones de la misma, desde su nacimiento en la Italia Humanista del siglo XIV, pasando por la Alemania de Lutero, Inglaterra y su permanente controversia contra Felipe II, los Países Bajos con su aportación de una sistemática máquina de propaganda, hasta llegar a América, deteniéndose especialmente, no podía ser menos, en el fenómeno de la Inquisición, sobre la que ya hay mucho publicado pero también sobre la que los estereotipos han arraigado con mayor fortuna.

          La última parte del libro, no me atrevo a decir si más o menos interesante que el resto porque todas lo son, comienza con la Ilustración, y no solo la foránea, francesa especialmente, sino con alguna de las consecuencias que la propia tuvo, como el cambio de sentido que Carlos III le daría al Imperio, al convertirlo en un sistema colonial en virtud de las nuevas modas, así como a los perjuicios que ocasionó la expulsión de los jesuitas de América. El siglo XIX con el lento nacimiento del liberalismo, y el nacionalismo y su evolución hasta el racismo científico, nos llevarán a la época contemporánea que la autora cierra primero con una reflexión sobre la perduración actual de la leyenda negra: la “razón de su longevidad es que la leyenda negra mienta una serie de prejuicios que gozan de gran predicamento intelectual, de tal manera que quien se atreve a oponerse a sus tópicos consagrados se arriesga a ser descalificado ideológicamente primero y luego intelectualmente”, y con un epílogo en forma de alegato: “la culpa mayor la tenemos nosotros, porque no fuimos capaces de defender nuestros intereses…. Por eso, para ayudar a poner en claro no el pasado, sino el futuro, se ha escrito este libro”.

         Se entenderá ahora porque he dicho al principio que no estamos en realidad ante un libro de historia, estamos más bien ante una arenga apasionada en la que la autora lanza una y otra vez proclamas que pretenden abrir en canal los conocimientos que tenemos de nuestros anales. Es posible, no lo dudo, que algunos pasajes puedan parecer exagerados, como así también la línea argumental de que casi la historia toda de Europa esté transida por la hispanofobia, sinceramente, no creo que sea así, pero lo cierto es que la manera en que, al menos en mi caso, leeré a partir de este momento esos mismos textos, tendrán un punto crítico que posiblemente ayude a comprender mejor lo avatares de los que los españoles hemos sido protagonistas.


sábado, 4 de enero de 2020

Censura

Si preguntásemos a cualquiera de la personas con las que nos cruzamos por la calle si está de acuerdo con que se pueda dar libremente la opinión sobre cualquier asunto, de forma unánime (bueno, siempre hay algún excéntrico) diría que sí, que todos debemos ser libres para expresarnos en los términos que a cada cual le venga en gana, sin que ninguna entidad, organismo, poder o persona pueda coartar esa libertad, cuyo límite en su caso, solo la Justicia podría fijar. 

Esto, que ahora nos parece tan obvio, es en realidad una novedad del mundo moderno, un logro social relativamente reciente proveniente, como tantas otras cosas buenas que nos han pasado, del liberalismo, sobre el que poco a poco, con esfuerzo pero de manera continua se fueron asentando las democracias. Que aceptemos la libertad de expresión no quiere decir, evidentemente, que compartamos aquello que se dice, y ahí precisamente está el valor del hecho, porque de lo contrario ¿quién necesitaría ejercer la libertad como un derecho, individual en último extremo, si sobre lo que uno dice existiese la completa unanimidad de todos aquellos que le rodean?

La cuestión tiene su importancia porque, aunque a veces no caigamos en la cuenta, creo que de forma más habitual de lo aceptable esa libertad de decir lo que a cada cual le plazca, tan básica para el correcto funcionamiento de nuestro sistema general de libertades, está coartada, y no por un organismo administrativo que nos vigile y nos censure, algo que nunca aceptaríamos, sino por poderosas corrientes de opinión, sin duda construidas sobre causas justas e incluso encomiables en la mayoría de los casos, pero que al final, envueltas en su grandeza, pueden actuar como fuerzas que coarten la libre expresión del discrepante, habida cuenta de su enorme fuerza social. Me refiero, en pocas palabras, a aquello que conocemos como lo políticamente correcto.

El tema no es nuevo, pero con la fuerza de los actuales sistemas de comunicación, fundamentalmente redes sociales y televisión, creo que adquiere nuevas dimensiones. En 1945, cuando las democracias occidentales estaban aliadas con Rusia en la justa causa de la derrota del nazismo, George Orwell publicó Rebelión en la granja, una novela en la que critica, irónicamente en la forma, pero duramente en el fondo, las perversiones del sistema comunista. Orwell no es un autor al que se le puedan imputar veleidades fascistas, léase por ejemplo Homenaje a Cataluña, de 1938; o su exitosa 1984, pero sin embargo es consciente ya en aquel momento de que, lo que con el tiempo se llamará socialismo real, es una fuente inaceptable de opresión, terror y sufrimiento para los disconformes. Por cierto, es curioso que bien entrado el siglo XXI haya tantas personas que aun no acaban de aceptar esta realidad. Rebelión en la granja tuvo muchas dificultades para llegar a publicarse, y pensemos que hablamos de una democracia tan inapelable como la de Inglaterra, porque según su autor, “Si los editores se esfuerzan en no publicar libros sobre determinados asuntos, no es por miedo a ser procesados, sino por temor a la opinión pública”, es decir, es la opinión pública, siempre debidamente orientada por una cierta dirigencia intelectual, no perdamos esto de vista, la que no acepta de ningún modo la crítica a lo “políticamente correcto” del momento. “Cualquiera que desafíe la ortodoxia dominante se ve silenciado con una eficacia sorprendente”, añadirá en su prólogo. 

Con el sistema de redes sociales al que nos hemos referido, es improbable que cualquiera no tenga a su mano algún medio, más o menos importante, para expresar lo que opina, por ello en estos momentos no nos estaríamos refiriendo tanto a dificultades de publicar, sino a las consecuencias de auténtico acoso social para quien disiente que en muchas ocasiones se produce, entendidas como desprestigio profesional, político o simplemente personal, dada la auténtica caja de resonancia que esas redes suponen. Veamos un ejemplo, de entre tantos que podríamos citar.

Tras siglos de silencio, de ocultación de la cruel realidad de la violencia ejercida por algunos hombres sobre las mujeres, en las sociedades occidentales ha crecido una fuerte repulsa hacia todos aquellos que la practican, sea en el grado que sea. A estas alturas a nadie medianamente juicioso le resultan aceptables unas prácticas que sin duda deben ser perseguidas y castigadas legal y socialmente con la máxima contundencia. A quienes hace tan solo unas décadas comenzaron a denunciarlas se le respondía con frecuencia que se trataba de hechos aislados, acontecimientos lamentables, si, pero minoritarios, que en ningún caso debían enturbiar el correcto comportamiento de la mayoritaria, lo que se producía al insistir notoriamente sobre ello. Pese a las críticas se siguió insistiendo con el argumento de que por muy minoritario que pudiera ser, ante la maldad no cabe benevolencia alguna, y hay que combatirla. Todos sabemos la importancia que esta corriente de pensamiento tiene en la actualidad y gracias a ello, la inmensa mayoría de la población ha hecho suyo el problema y colabora, y se solidariza con la víctima, en aras a que el problema desaparezca en algún día. 

Hay quien opina, posiblemente no sea un porcentaje alto aunque no lo sabemos, que bajo la infalibilidad que se les concede a las mujeres en esta aparente lucha de sexos se esconden denuncias falsas que buscan un rédito económico, o en cuanto a la custodia de hijos por ejemplo, en casos de separación matrimonial. Recuerdo que hace unos años, una jueza advertía de esta anomalía, observada en los casos que llevaba en su Juzgado y la respuesta de un sector de la prensa, de algunos partidos políticos y de las asociaciones feministas fue demoledora contra ésta profesional del Derecho, hasta el punto que tuvo que emitir una nota de rectificaciones, lo que no evitó un grave deterioro de su imagen profesional. Lo que venían a decir es que, de producirse, esas denuncias falsas eran totalmente  minoritarias, y que el simple hecho de hacerlas públicas debilitaba la lucha de las mujeres contra la violencia que sufrían.  Sin pretender entrar en el ejemplo concreto, obsérvese la distinta vara de medir aplicada a lo malo, por minoritario que sea, pero sobre todo, a la censura que de forma no tan subliminal se impone hacia aquellos que discrepan o simplemente matizan las opiniones mayoritarias, ¿no supone una censura el que, para evitarse disgustos, alguien calle sus opiniones por miedo a las consecuencias profesionales, sociales, políticas, etc.?, ¿deben las cusas minoritarias no alzar su voz si de lo contrario contradicen la opinión mayoritaria y políticamente correcta? Con demasiada frecuencia, creo, se banalizan palabras como fachacarca, retrógrado, al aplicarlas sobre aquellos que no están al cien por cien entregados a las causas de las grandes corrientes de opinión, insisto, las políticamente correctas, solo con ánimo de menospreciar, cuando no de difamar, y no lo creo correcto por cuanto supone de negar al otro la libertad que uno quiere para sí.  

Antes de hablar de “El señor Jones, de la Granja Solariega…”, George Orwell advierte que “Si algo significa libertad es el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír”, pues eso. 

domingo, 6 de octubre de 2019

CUENTOS IMPRESCINDIBLES, de Antón Chéjov

La primera vez que vi Tío Vania (debió ser antes de tener un profesor de bachillerato suficientemente inspirador), me pareció una obra aburrida, sin argumento, o al menos con una trama plana, sin sucesos que mínimamente te sobresaltasen, y eso que estaba protagonizada por José Bódalo, uno de los grandes actores del teatro del momento. Este tremendo error de adolescencia tuvo como penitencia la tardanza en descubrir, no solamente la obra de Chéjov (1860-1904), sino en general la de los autores rusos anteriores al comunismo. 

Antón Chéjov sobresale fundamentalmente en teatro (Tío Vania, La gaviota,…), pero sobre todo por sus relatos cortos, género con el que sin duda alguna alcanza la eminencia. Recientemente he releído algunos de sus cuentos en la recopilación realizada por el norteamericano Richart Ford en 1998, y saboreado las mejores esencias de la lectura, esas que aparecen cuando con el paso del tiempo descubres matices nuevos, sabores que antes te habían pasado desapercibidos por el simple hecho de que tus circunstancias eran otras, disfrutando así de uno de sus grandes tesoros, ese que te muestra que leer el mismo libro en varias ocasiones, lejos de ser una experiencia repetitiva, es un continuo avanzar por un camino de sensaciones nuevas.

Leer a Chéjov es adentrarse en la vida misma tal y como es, pero reparando, aquí sí, en tantos detalles que cotidianamente nos pasan desapercibidos; es mirar un cuadro con trazos impresionistas que nos permiten apreciar la fría realidad, con sus tragedias corrientes, sus notas de humor amargo, sus pasiones y sus decepciones. Técnicamente los relatos de autor ruso no siguen el esquema de planteamiento, desarrollo y conclusión, no buscan una moraleja final, un mensaje que nos explique el propósito de la trama, porque ese propósito va implícito en el propio desarrollo, por eso hay que leerlo despacio, y no solo por saborear desde el punto de vista artístico cada uno de esos Cuentos imprescindibles, que también, sino porque tras ellos nos está explicando su intención, la “idea” que persigue en cada uno de ellos, tanto sea a través de descripciones personales: “Orlov…, si cogía un periódico o un libro, fuese el que fuese, o si se encontraba no importa con quien, sus ojos comenzaban a sonreír irónicamente y todas sus facciones adquirían una expresión de burla sutil y socarrona. Antes de leer o de oír cualquier cosa, ya tenía preparada la ironía, como los salvajes el escudo.”; como espaciales: “El té olía a pescado, el azúcar era gris y estaba pegoteado. Por entre el pan y la vajilla corrían las cucarachas. Daba asco beber, la conversación tampoco era agradable: siempre lo mismo, desgracias y enfermedades.” 

Pero el fiel realismo de su obra no lo es todo, ciertamente en sus relatos apreciamos, acaso mejor que en cualquier libro de historia, su concreto mundo, el de la Rusia que va desde la liberación de los siervos de la gleba de 1861, hasta los primeros conatos revolucionarios del siglo XX: la miseria de los campesinos, la falta de empuje de una burguesía inoperante, la violencia sobre los más débiles,… pero lo que convierte a Antón Chéjov en un autor clásico, es que a través de esos escenarios naturales se adentra en los pequeños aspectos que intemporalmente caracterizan, angustian a la persona porque le son inseparables: los sentimientos por debajo de las apariencias (“La desgracia”), la mediocridad autojustificada (“Chissst…”), la dramática frivolidad del egoísmo (“Enemigos”), los eternos conflictos familiares guardados en secreto (“Gente difícil”), las dificultades y los sufrimientos ante el amor (“La dama del perrito”), y así, tantos como cuentos leemos, un espejo crudo en el que sin remedio nos vemos reflejados. En definitiva, para quien quiera sumergirse en la mejor literatura, en aquella donde lo trivial se hace sublime y lo anodino evocador, tiene en Chéjov una excelente propuesta. Que lo disfruten.

jueves, 8 de agosto de 2019

POLÍTICA y ACUERDOS

Distingue Aristóteles entre la voz, propia de los animales, y la palabra (logos), cualidad exclusivamente humana. “Solo el hombre, entre los animales, posee la palabra. La voz es una indicación del dolor y del placer; por eso la tienen también los otros animales. (…) En cambio la palabra existe para manifestar lo conveniente y lo dañino, así como lo justo y lo injusto. Y esto es lo propio de los humanos frente a los demás animales: poseer, de modo exclusivo, el sentido de lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, y las demás apreciaciones”. Es decir, la palabra, la posibilidad de comunicación entre unos y otros, está directamente relacionada con ese sentido que permite distinguir lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto. Como quizás algunos hayan reconocido, el texto proviene de su Política (1253a. Alianza Editorial. 2015), con lo que no nos resulta difícil relacionar el concepto, pero también la acción de la política con la palabra, con la comunicación, y de ahí, con la idea de lo bueno y lo malo. Al final, la política como una ciencia por la que, tras distinguir el bien y el mal, nos dirige a lo bueno (“Si, por tanto, de las cosas que hacemos hay algún fin que queramos por sí mismo, y las demás cosas por causa de él, … es evidente que este fin será lo bueno y lo mejor”. Aristóteles. Ética a Nicómano)  

Si damos a lo anterior la categoría de acertado, que la damos, y de cualidad primigenia de la acción política, que lo es, ¿no resulta malo, dañino, si quienes por encargo ciudadano tienen la tarea de “hacer” política, no usan la palabra para la comunicación, para el acuerdo? Pudiera parecer una jactancia comenzar con los clásicos para referirse, es fácil adivinarlo, a la situación de parálisis política que vive en esto momentos nuestro país por la falta de acuerdos entre los partidos políticos para la formación del Gobierno, pero no hay otra razón que mostrar lo que, en opinión propia, es una situación deshonesta con el alto encargo que nuestros representantes han recibido de todos nosotros, una acción obscena e indigna hacia quienes les hemos elegido. 

Tanto se esta escribiendo estos días sobre las no-conversaciones que unos y otros ¡no! llevan a cabo, sobre las mejores alianzas, sobre los egos de cada cual, que no enmendamos la plana a quienes con mayor conocimiento tratan de estos asuntos. Pero como de lo que se trata es, simplemente, de dar elementos para que cada cual razone lo que mejor le venga en gana, puede resultar interesante que añadamos una cita del libro En defensa de España, de Stanley G. Payne. Se refiere el hispanista a la actitud de los fundadores de la II República ante los problemas que se les iban planteando y a su repetidamente manifestado deseo de ruptura con el pasado. Es cierto que las circunstancias históricas son muy diferentes a las actuales, afortunadamente, pero no deja de haber grandes semejanzas en el fondo del razonamiento: “La ruptura, en realidad, fue con el medio siglo liberal y tolerante que precedió a 1923, un típico producto del radicalismo español que refleja el tenaz sectarismo y el enorme personalismo de la política partidista decimonónica, así como la insistencia en considerar que el Gobierno era más una especie de patrimonio que una representación de los diversos intereses nacionales”.

Pues eso.

domingo, 28 de julio de 2019

Los cuatro jinetes del Apocalipsis, de Vicente Blasco Ibáñez

Han caído en mis manos durante las últimas semana dos libros a los que puede aplicárseles el calificativo de best sellers, si atendemos al éxito de ventas obtenido al momento de su publicación, uno actual y otro en la década de los años veinte del pasado siglo: se trata de Las Hijas del capitán, de María Dueñas, y Los cuatro jinetes del Apocalipsis, de Vicente Blasco Ibáñez, que en 1919 sería el libro más vendido en EEUU, y cuyo texto serviría de argumento a dos célebres películas, la primera de 1921, protagonizada por Rodolfo Valentino y la segunda de 1962, dirigida por Vicente Minnelli e interpretada por Glenn Ford. Sin pretender ser especialmente severo con el libro de Dueñas, que no comentaré, ahí se acaban desde mi punto de vista las coincidencias entre ambos: de la superficialidad de una literatura de masas que parece haber sido escrita por encargo, fruto de un estudio de mercado en poder del editor, a la hondura de un relato apasionante que nos sumerge en el ambiente social de Francia durante la Gran Guerra. 

Para hablar de Los cuatro jinetes empecemos por advertir lo obvio para cualquier lector medianamente avezado en Blasco Ibáñez: se trata de un escritor con claras convicciones políticas, que las ejerció durante toda su vida, y que siempre están presentes en sus obras, por lo que no debe sorprendernos su habitual toma de partido. Así ocurre de forma obvia por ejemplo en La araña negra, pero también incluso en un libro de viajes como es En el país del arte. Con la publicación de Los cuatro jinetes del Apocalipsis, Blasco atiende a la sugerencia de M. Poincaré, a la sazón presidente de la República francesa, y ofrece la visión del conflicto en el momento de la batalla del Marme desde la óptica francesa y aliada, con duras referencias al bando germano, tan sugerentes y atinadas que consigue trasladar nuestro pensamiento a la siguiente tragedia europea provocada por Alemania nazi pocos años después.   

La novela cuenta la historia de un francés prófugo, Marcelo Desnoyers,  que huye a Argentina y cuya suerte le lleva a emparentar con el indiano español Madariaga, para el cual: “Sea por lo que sea, hay que reconocer que aquí se vive más tranquilo que en otro mundo. Los hombres se aprecian por lo que valen y se juntan sin pensar si proceden de una tierra u otra. Los mozos no van en rebaño a matara otros mozos que no conocen, y cuyo delito es haber nacido en el pueblo de enfrente…”, es decir, el primer planteamiento es comparar el estilo de vida de una tierra beatífica guiada por una especie de orden natural, con el viejo continente, transido por una larga historia llena de tragedias, y envenenado por crueles nacionalismos. 

Con la fortuna del viejo Madariaga las dos ramas de la familia que a la postre se forman, la de los Desnoyers y la de los Hartrott, se instalarán respectivamente en Paris y Berlín, y a partir de ahí se nos presenta una nueva dicotomía, la de la democrática francesa con un ideal filosófico basado en “un cristianismo laico” y la germana, cuyo “cristianismo… lleva casco y botas de montar”. Será entonces cuando Blasco, en boca de un personaje que viene a representar el fondo sustantivo de la novela, el anarquista ruso Tchernoff, presenta con singular acierto a “los cuatro jinetes enemigos de los hombres…”, cuyos caballos malignos piafan con la impaciencia de la carrera. Se trata de una magistral traslación del texto bíblico al mundo contemporáneo, donde “La pobre humanidad loca de miedo, huía en todas las direcciones al escuchar el galope de la Peste, la Guerra, el Hambre y la Muerte”. 

La novela presenta además diferentes planos que se yuxtaponen y la enriquecen, como la transformación que la guerra provoca en su personaje central, el hijo de don Marceo, Julio Desnoyers, al pasar de la vida frívola que todo lo colma a la responsabilidad como soldado en el frente, la abnegación de la despreocupada amante ante el sufrimiento que la rodea, el sacrificio de lo particular en defensa de la Patria atacada, todo en fin, argumentos a favor de un mundo, representado por Francia y sus aliados, en contra sinrazón que protagoniza el bloque germánico.

Es cierto que al final Blasco nos propone una escena sobre el montículo en el que reposan los restos de Julio, con su padre deseando la muerte, un mundo que acaba, y su hermana aspirando apasionadamente a la vida, un nuevo mundo que comienza, pero la verdad en que lo que en nuestra memoria queda son de nuevo las palabras de Tchernoff: “No, la Bestia no muere. Es la eterna compañera de los hombres. Se oculta chorreando sangre cuarenta años, sesenta… un siglo, pero reaparece. Todo lo que podemos desear es que su herida sea larga, que se esconda por mucho tiempo y no la vean nunca las generaciones que guardarán todavía nuestro recuerdo”.

domingo, 16 de diciembre de 2018

Breves respuestas a las grandes preguntas, de Stephen Hawking

Si buscásemos una clave que explicase la evolución humana, la llave, el resorte que la ha hecho posible, quizás la encontrásemos simplemente en seis letras acompañadas de los signos interrogativos: ¿por qué?

El hombre es curioso por naturaleza, y acaso sea esa característica precisamente la que lo hace humano, lo que le distingue de cualquier otra especie viva, que sepamos a día de hoy. ¿Por qué sale el sol cada día y porque las tinieblas?, ¿por qué los arboles crecen y por qué mis padres se mueren?, ¿por qué…? Desde el principio de los tiempos los hombres han buscado respuestas a las infinitas preguntas que el entorno les planteaba, y con ellas han ido cambiando sus ideas, mejorado sus condiciones de vida, adaptado sus creencias, ampliado su horizonte de conocimiento, y en ello seguimos afortunadamente. 

Siendo esto así, no extraña que un científico tan importante e influyente como Stephen Hawking haya utilizado el formato de preguntas y respuestas en su libro póstumo para explicar los que han sido sus descubrimientos y muchos de los principales paradigmas científicos actuales. 

Breves respuestas a las grandes preguntas es un texto de divulgación científica, y si bien es cierto que algunos de sus contenidos escapan al entendimiento de un profano en estos asuntos, también lo es que el autor consigue hacer comprensible su fondo argumental merced a una sutil sencillez en las explicaciones, reto difícil para cualquiera que no hubiese hecho del don pedagógico uno de sus mayores logros,  habida cuenta de la enfermedad invalidante que padecía.     

Siguiendo a Kip S. Thorne en la Introducción del libro, podemos dividir las diez preguntas que Hawking nos plantea en dos grupos. En seis la repuesta está basada en puro racionamiento científico, y por lo tanto, naturalmente son cuestionables, como no podría ser de otra manera: ¿Hay un Dios? ¿Cómo empezó todo? ¿Podemos predecir el futuro? ¿Qué hay dentro de los agujeros negros? ¿Es posible viajar en el tiempo? ¿Cómo damos forma al futuro? Las otras cuatro sus respuestas son más subjetivas pero igualmente sugerentes, porque también son fruto de una infinita capacidad de intuición, de una imaginación que no tiene miedo a enfrentarse a ninguna verdad aceptada: ¿Sobreviviremos en la Tierra? ¿Hay más vida inteligente en el universo? ¿Deberíamos colonizar el espacio? ¿Seremos sobrepasados por la inteligencia artificial? 

En Breves respuestas Stephen Hawking nos invita por ejemplo a imaginar el Big Bang como origen del universo y del tiempo; de la mano de su admirado Albert Einstein, las ondas gravitatorias como deformación oscilatoria del espacio-tiempo; los agujeros negros como resultado del colapso gravitatorio de una estrella; o a acercarnos al sistema Alfa Centauri, donde un exoplaneta llamado Próxima b podría tener seres vivos “felizmente ignorantes del ascenso de Donald Trump”, porque además lo hace con un proverbial sentido del humor.  

Tenga por seguro quien se asome a este libro que al finalizar le asaltarán más preguntas que respuestas, por contradictorio que parezca, y que pasado algún tiempo quizás quiera volver a él en una nueva lectura, pero es que de eso precisamente es de lo que se trata, lo que Hawking pretendió al escribirlo y lo que como seres racionales nos corresponde. Curiosidad, imaginación, estudio, inspiración,… ese es el camino que nos propone y en el que nadie deberíamos temer adentrarnos. 

No encuentro mejor forma de acabar este comentario que con una cita del propio autor. Son tantas las que me invitan a ello que se me hace difícil elegir. Lo haré en una de sus últimas frases, quizás una de las últimas que pensó antes que en un día “gris lúgubre” de la primavera de éste año sus cenizas descansasen definitivamente en la abadía de Westminster entre los restos de Isaac Newton y Charles Darwin: “Así que recordemos mirar a las estrellas y no a los pies. Intentemos dar sentido a lo que vemos y preguntémonos qué es lo que hace que el universo exista. Seamos curiosos. Y por difícil que la vida pueda parecer, siempre hay algo que podemos hacer y conseguir. Importa que no nos rindamos. Demos rienda suelta a nuestra imaginación. Demos forma al futuro”.

jueves, 1 de noviembre de 2018

La velada en Benicarlo, de Manuel Azaña

Si buscásemos un personaje que de forma más mimética encarnase el sentimiento y la trayectoria de la II República Española, posiblemente lo encontraríamos en Manuel Azaña; nadie mejor que él personifica, a nuestro modo de ver, las virtudes y los defectos de un régimen tan singular como aquel, implantado, recordémoslo, sin un referéndum que lo sustentase pero tampoco con una revolución que lo impusiese, sino a través de una proclamación pacífica ampliamente asumida, de manera fulgurante, tras unas elecciones municipales, las del 12 de abril de 1931, en las que a excepción de las grandes ciudades, resultaron vencedores los partidos monárquicos. Una serie de circunstancias que no podemos dejar de considerar en buena parte aleatorias, entre las que destaca el amplio sentimiento antidictatorial contra el primoriverismo que arrastraría a Alfonso XIII, o la propia abulia de los sectores monárquicos, propiciaron la llegada del nuevo sistema, tan lleno de ilusiones como falto de auténticos demócratas que lo sustentasen, como por desgracia no tardaría en evidenciarse. Pues bien, entre esos demócratas, con apellido de liberal de izquierdas, estaba Manual Azaña, ascendido a la categoría de mito con la misma rapidez en que cayó al ostracismo más absoluto al final del periodo, sin ningún poder de influencia real durante los años de la Guerra Civil pese a su condición de Presidente de la República.

Azaña, un intelectual comprometido con la política, había comenzado su carrera en el Partido Reformista del que desertó al republicanismo en 1923, por una firme oposición a la dictadura del Primo de Rivera. Liberal jacobino, firme defensor de la fuerza del Estado como mecanismo de cambio social, de él dirá Santos Juliá, el último y quizás mejor de sus biógrafos, que disponía de la “agudeza para discernir los problemas centrales de una época sin perder de vista la complejidad de su entramado”, algo que sin embargo no evitaría los errores en su gestión política, fundamentalmente, como señala Stanley G. Payne, al “afirmar que el constitucionalismo republicano debía interpretarse no como unas reglas fijas con resultados inciertos, sino como una serie de normas partidistas que garantizaran los resultados de antemano”, lo que se demuestra por ejemplo en sus intentos de convencer a Alcalá-Zamora para que no se aceptasen los resultados las elecciones de noviembre de 1933 en que resultaron ganadoras las derechas. Una visión radical sobre el funcionamiento de la República que llevará al político antifascista italiano Aldo Garasci a afirmar que “Azaña llevó a su obra de reforma política el ímpetu y la intransigencia de un moralista republicano”. En esta misma línea Josep Pla escribe en una crónica parlamentaria aparecida en La Veu de Catalunya el 14 de enero de 1933, que Azaña encarna, más “que cualquier otro político, el sentido totalitario de la revolución republicana triunfante”, un sentido totalitario que según Pla lo mitifica como personaje político ante amplios sectores sociales en los primeros años de la Republica, a caballo del sentimiento antimilitarista y anticlerical, pero que le hará descuidar en su gestión de gobierno el problema del orden público, auténtico talón de Aquiles de la época, arrastrado además por los sectores más revolucionarios de las izquierdas, para quienes la República nunca será un fin en si mismo sino un instrumento para la revolución, entendida por cada cual de distinta manera.

Abatido y con una autoridad menguante a partir del triunfo del Frente Popular en febrero de 1936, querrá incluso abandonar sus responsabilidades tras los sucesos del 22 de agosto de 1936 en la cárcel Modelo madrileña, cuando asistió impotente y dolorido incluso al asesinato de Melquiades Álvarez, su antiguo jefe en el Partido Reformista. Tras duros enfrentamientos con Negrin, vivirá la guerra apartado de los centros de decisión.   

Pero como queremos hacer ver, la importancia política e intelectual de Manuel Azaña fue siempre fundamental, importancia    que lleva incluso a Hugh Thomas a acabar su esplendida obra La Guerra Civil Española (1976) citándole, y lo hace de manera pedagógica, evocando lo que a su entender debería ser el futuro de la nación tras la muerte de Franco: “un día llegará la libertad –dice Thomas-, y cuando llegue, por fin los españoles harán caso de Azaña que, con todo su egocentrismo, su sectarismo y su pesimismo, llegó, pasando de la desesperación, a la magnanimidad, y la sabiduría que no había alcanzado cuando detentaba el poder, y que, en plena guerra civil, terminó un discurso diciendo: ”Es obligación moral, sobre todo de los que padecen la guerra, cuando se acabe como nosotros queremos que se acabe, sacar de la lección y de la musa del escarmiento el mayor bien posible, y cuando la antorcha pase a otras manos, a otros hombres, a otras generaciones, que se acordarán, si alguna vez sienten que les hierve la sangre iracunda y otra vez el genio español vuelve a enfurecerse con la intolerancia y con el odio y con el apetito de destrucción, que piensen en los muertos y que escuchen su lección: la de esos hombres, que han caído embravecidos en la batalla luchando magnánimamente por un ideal grandioso y que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor, y nos envían, con los destellos de su luz, tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: Paz, Piedad y Perdón”. Se refiere Thomas al último de sus discursos de guerra, pronunciado en el Ayuntamiento de Barcelona, el 18 de julio de 1938 ante Negrin, Martínez Barrios y Companys.  

Sirva la introducción como intento de contextualizar La velada en Benicarló, escrita en 1937 en una Barcelona sacudida además de por la guerra general, por la mantenida entre comunistas y anarquistas en los trágicos sucesos de mayo de ese año, días en los que su propia vida llegó a correr peligro. Enfrentado a la realidad de los acontecimientos, la guerra será para Azaña un hecho desgarrador, un drama especialmente doloroso al observarlo tanto desde sus principios intelectuales como desde su indeleble posición patriótica. Siempre apelará a lograr la paz mediante el acuerdo entre las partes como única alternativa a un final del que se sabe derrotado, pero no ya intuyendo la derrota de una de esas partes, sino de la totalidad de España. La velada es así, el mejor testamento político de su autor; como él mismo dice “No es el fruto de un arrebato fatídico. No era un vaticinio. Es una demostración”, una especie de justificación ante la historia, no forzada, entendemos, por un falso ánimo de quedar bien ante las futuras generaciones, sino de auténtica sinceridad personal, como una confesión del que se sabe pronto a abandonar las tierras que tanto amó.

La obra se desarrolla en un albergue de Benicarló donde diez hombres y una mujer descansan de su viaje. Cada uno de esos personajes representa una “corriente de opinión” de las existentes en el bando republicano respecto al conflicto, con la particularidad de que solo están presentes, como señala Manuel Aragón en su Estudio preliminar, aquellos que según el autor tienen una visión “racionalista” de los hechos, lo que excluye a “los anarquistas, por su negación del Estado en sí (objetivación de la razón política, para Azaña), y los nacionalistas (catalanes o vascos), por su ataque al Estado español en particular, no son capaces de mantener un diálogo sereno, piensa Azaña”.     

Aunque en sus palabras preliminares el propio Azaña insiste en que no deben buscarse caras conocidas tras los distintos personajes, no es difícil entender en ellos las posiciones que representaron por ejemplo Negrín, Osorio y Gallardo, Indalecio Prieto, Julián Besteiro o Largo Caballero, además naturalmente de las del autor, en este caso tras las voces del abogado Claudio Marón y del escritor Elíseo Morales. 

Si a grandes rasgos intentásemos dividir la trama argumental de la obra, y esto con extrema prudencia, encontraríamos al menos dos bloques. Por una parte la queja constante sobre como el bando republicano estaba conduciendo la guerra, con falta de mandos profesionales y exceso de políticos mediocres (comisarios políticos) que finalmente mandaban más que aquellos; el falso razonamiento usado para la implantación de la revolución al tiempo que se peleaba; la condena de la indisciplina, la anarquía y el desorden dentro del Frente Popular; la inacción del gobierno nacionalista de  Catalunya, al que no duda en calificar como la “más poderosa rémora de nuestra acción militar”; o la falta de un sistema de convenciones entre los distintos sectores sociales capaces de consolidar una República exenta de extremismos.

Pero junto a éstas, las tesis de La velada en Benicarló trascienden el momento concreto en que son escritas, brindándonos impagables reflexiones sobre el papel de la guerra civil como trágico apéndice del siglo XIX español; la temporalidad del poder limitada a la medida del hombre; la importancia de la moderación y la cordura en el ejercicio político, junto con la inocuidad de la violencia para imponer cambios sociales perdurables; o la necesidad de un interés nacional permanente, más allá del momento temporal en que cada uno habite la nación. La falta en fin, de un auténtico patriotismo integrador. 

Tras su lectura, uno no puede sino sentirse impresionado por la templanza con la que está escrita, habida cuenta de los momentos que el propio autor estaba viviendo. Sin duda La velada en Benicarló no solamente es un excelente testimonio de una de las épocas más importantes de nuestra historia reciente, escrita por quien destaca entre sus principales protagonistas, es además una auténtica joya literaria digna de los mejores elogios.

domingo, 14 de octubre de 2018

On vas Catalunya?

Va ser León Trotski a la seua obra Historia de la revolució russa qui proposava canviar la tàctica per a la implantació de la revolució: no calia seguir una acció subversiva frontal, sinó actuar a la defensiva, de manera que aquesta s'iniciara baix la disfressa de respondre a una agressió contrarevolucionaria. L'estratègia es completava amb el domini previ de tots els resorts possibles del poder: mitjos de comunicació, sector educatiu, organitzacions socials, etc., amb els que s'esperava assegurar un fort recolzament social, donada la cohesió que atorga l'anar a la contra, davant d'un enemic que ataca. Abans d'aquest nou mètode l'experiencia revolucionaria havia segut descoratjadora, fins 1935 l'Internacional Comunista havia perdut totes les disputes, excepció feta del cas de Rússia.  

Resulta interessant comprovar com a hores d'ara, després encara de la desastrosa experiencia dels règims marxistes, continuen vigents els plantejaments de Trotski, i vore a més com han mutat des del que abans era la implantació d'una revolució d'extrema esquerra a una altre tipus de revolta, la protagonitzada per un moviment tan conservador com ha segut tradicionalment considerat el nacionalisme. Al respecte cal recordar les paraules de Lenin: “¡Cap privilegi per a ninguna nació, cap privilegi per a cap idioma! ¡Cap opressió, cap injusticia contra la minoria nacional!”; o de Marx quan deia que “la victòria del proletariat sobre la burgesia es al mateix temps la victòria sobre les rivalitats nacionals que actualment oposen a uns pobles contra altres”; per a l'autor d'El Capital, el nacionalisme era en qualsevol cas un mig per alcançar la revolució, i mai un fi en si mateix

L'exemple d'aquesta transmutació a Espanya es palpable al cas de Catalunya. L'independentisme català es reforça una vegada i altra amb un victimisme del que fa bandera fins convertir-se en autèntica senya d'identitat. Sempre, al seu parer, les altres regions d'Espanya han abusat de Catalunya, els han espletat, han intentat acabar amb la seua cultura, amb la seua puresa democràtica, les han espoliat,… “Espanya ens roba” ha segut probablement la consigna més exitosa d'eixe victimisme, una consigna que no és més que un clam dels rics queixant-se de que els pobres els han robat, el que deuria fer pensar de la contradicció als partits autodenominats d'esquerres.  

Espanya figura entre els països amb els millor estandards democràtics del món; La revista anglesa The Economistens situava en el lloc dinou referit a l'any 2017, per cert, per davant de Bèlgica. Per la seua part, l´Institut d'Estudis Freedom House ens dona 94 punts sobre 100, per damunt d'altres democràcies com la francesa (90 punts), la italiana (89 punts) o la d'Estats Units (86 punts), però pese a l'evidència vegem com el victimisme es manté amb acusacions tan repetides com que Espanya es un estat totalitari, feixista inclús, on no es respecten els drets socials i on no existix la independència judicial, amb el convenciment que  finalment una mentira repetida siga entesa per la major quantitat de gent possible com a veritat.

Aquesta defensa troskistafront a la contrarevolució es completa amb un altre paradigma: la part contraria, en aquest cas el govern espanyol no vol parlar, mai hi ha volgut asseure a dialogar. Quan un mira amb perspectiva el que ha passat a la nostra democràcia recent, des del mateix moment en que s'aprovà la pròpia Constitució, no pot sinó adonar-se que cada vegada que el govern central, recordem que democràticament elegit, no ha tingut majoria absoluta (el que ha segut el més freqüent), sempre ha negociat amb els nacionalistes catalans, i sempre ha cedit, no sols abundants partides pressupostàries que suposaven la disminució dels inversions en altres regions d'Espanya menys fortes políticament, sinó també l'entrega de competències que creaven greuges comparatius amb els nascuts a altres llocs, competències que eren a més concessions permanents, a canvi d´un vot temporal. Però res importa, la consigna es la falta de diàleg del govern central, el victimisme per damunt de tot. 

Però la conseqüència de tant victimisme és que una gran part dels catalans s'han convençut de prompte que patixen una discriminació injusta que sols es pot corregir amb la independència, una espècie d'arcadia feliç on cap problema deixa de tindre una ràpida solució, i a partir d'ahí, els polítics que abans dirigien l'estratègia, a hores d'ara comencen a comprovar com el moviment se´ls va de les mans i, lamentablement, la violència fruit de la frustració comença a aparéixer. Ja no s'espera a respondre a una agressió prèvia, la impaciència despertada vol passar al següent estadi, el dels crits de “les carrers son nostres”, “assaltem el Parlament”, “s'han acabat els somriures”. Potser aquest és l'últim tram del trajecte: Trotski ha deixat de ser el model, i molta gent s'està adonant que allò del seny se´ls ha caigut pel camí.

jueves, 13 de septiembre de 2018

Apunte sobre la leyenda que no cesa


              "En el siglo XXI, la leyenda negra de España, en Europa y América, se reduce a algunos tópicos que carecen de fuerza e importancia. En cambio, sigue muy viva entre las izquierdas españolas. Podríamos decir que “no hay nada nuevo bajo el sol”, sino variaciones y versiones nuevas de mitos y leyendas viejos”. 

En defensa de España. Stanley G. Payne



domingo, 2 de septiembre de 2018

Entre el yo y el nosotros. Divagaciones y una conclusión (final)

Hablábamos hace unos días del dilema que se plantea entre el yo y el grupo, o lo que es lo mismo, entre el individuo celoso de su propia privacidad y la sociedad en la que forzosamente desarrolla su peripecia humana, y reconocíamos la victoria sin paliativos del grupo/masa sobre ese yo particular, con la amenaza además de que a éste se le impusiesen unas ideas no solamente ajenas, sino maliciosas, con el ánimo de perturbarlo en su libre albedrío. Acabábamos con unas preguntas sobre la educación, conscientes de que esa era la piedra angular en la construcción social y por tanto en las relaciones entre individuo y sociedad. 

A nadie se le escapa este papel decisivo de la educación e infinidad de citas, innecesarias por abrumadoras, lo confirmarían de quererlo. No nos costará aceptar además que una educación desentendida del proyecto social en el que se lleva a cabo, de sus principios y sus valores, contribuiría a la fractura de ese proyecto común, pero a partir de ahí y de forma inmediata surge el enfrentamiento, la colisión entre la formación de la propia personalidad entendida a la manera humanista de desarrollo íntimo del yo particular, con la necesidad de formarnos para la convivencia, para la formación de ciudadanos sociales capaces de construir un mundo homogéneo dotado de normas de común aceptación. Personalidad y sociedad se ven pues compelidos a andar juntos, a la vez que obligados también a convivir con las fricciones y a resolverlas de la mejor manera posible, unidos como están en un proceso de creación histórica imparable. 

A este respecto interesan las propuestas que hace Javier Gomá en su citado Aquiles en el gineceo, respecto de Rousseau y Goethe, los dos grandes educadores de Europa. Lo hace además de manera crítica a partir de la propia experiencia vital de ambos, entendiendo que “La relación en la vida de estos dos grandes con las instituciones de la eticidad muestra que su potente subjetividad nunca llegó a penetrar en el reino finito de la polis. Un yo demasiado rico y lleno se negaba a aceptar la alienación inevitable, radicalizada hasta la anulación del yo en el colectivismo de las grandes urbes”. Si por resumir atendemos solo al ejemplo de Rousseau en su Emilio, y dando un paso más desde el yo/grupo a la educación privada/pública, opina el ginebrino que la educación privada hace hombres autosuficientes que viven la vida en toda su intensidad, en tanto que la educación pública forma ciudadanos dispuestos a ejercer un oficio, un hombre civil que no sea más que “una unidad fraccionaria que depende del denominador, y cuyo valor está relacionado con el entero, que es el cuerpo social”. En línea con el pensamiento naturalista, su gran consejo al alumno será: “Aprende a volverte tu propio dueño; manda en tu corazón, ¡oh, Emilio!, y serás virtuoso”. 
   
Sin embargo esta no parece la opinión definitiva de Rousseau al respecto. Poco tiempo después de la publicación del Emilio aparece su Contrato social, donde propone como la máxima aspiración que le queda al yo, el “estar preparado para anularse sin esperar nada a cambio” en palabras de Gomá, pasando de la “entronización metódica del yo solitario” a la “drástica abstracción del yo en el nuevo totalitarismo social”. Una aparente contradicción a favor del grupo que Rousseau apuntala con que “Cada uno de nosotros pone en común su persona y todo su poder bajo la suprema dirección de la voluntad general y nosotros recibimos corporativamente a cada miembro como parte indivisible del todo”; “Cada ciudadano no es nada ni puede nada sino gracias a los demás”. A partir de estas aseveraciones, el propósito fundamental de la educación pública debería ser la anulación nihilista de personalidad de cada cual, de su subjetividad, a favor de la “objetividad del bien común”. 

Una pregunta resulta pertinente en este momento, ¿los parámetros sociales de la época de Rousseau sin los mismos a los nuestros?, ¿valen sus afirmaciones de entonces o merecen una reconsideración que las actualice?, es el propio Gomá quien nos responde con un argumento en nuestra opinión convincente: “El suave nihilismo que da el tono a la época actual ha permitido que tanto el yo como la polis hayan dimitido de sus pretensiones totalizadoras incompatibles entre sí”. La conllevanza entre el yo y el grupo, y por extensión entre la educación privada con la pública, por mucho que el peso de lo segundo sea mayor que lo primero en aras de una polis que a todos integre, debe permitir a los dos su existencia porque de lo contrario, si lo público anulase lo privado, si el grupo/masa del que hablábamos al principio hiciese imposible en su objetividad el desarrollo del yo individuo en su subjetividad, lo que estaría en cuestión es el propio concepto de libertad, y a partir de ahí el problema estará en el lugar en que situamos el fiel de la balanza.  

Bajemos para acabar a la palpable realidad para tratar de responder, siquiera sea sucinta y parcialmente, a una pregunta básica: ¿es pues pertinente la existencia de una educación privada en nuestro tiempo?, en nuestra opinión no solamente es pertinente sino necesaria, y como ya adelantamos, la cuestión estará en el grado que deba tener una y otra. Decimos que es necesario porque la educación privada, en correcta unión con la educación publica, garantiza la libertad del individuo, la formación de diferentes corrientes de pensamiento que contribuyan a la diversificación de la sociedad. La democracia precisa de la diversidad, porque de lo contrario lo propio sería un sistema totalitario. No hay democracia sin diversidad, y esta a su vez es hija de la educación de los individuos. Ahora bien, para contribuir a ese común proyecto social al que antes nos referíamos, los principios que los inspiran, aquellos valores en los que basamos nuestro sistema organizativo, deben estar presente en cualquiera de los dos tipos de educación. Recelemos pues de quien desee solo un sistema privado de educación autónomo de lo público, porque quizás no esté hablando más que de privilegios, pero hagámoslo también de quien solo proponga un sistema público, porque en este caso quizás lo que tengamos delante no sea más que el propósito de adoctrinamiento a favor de causas espurias y al final privadas a favor de una sola parte del todo.  

viernes, 24 de agosto de 2018

Entre el yo y el nosotros. Una duda sobre la educación (1ª parte)

Por el hecho de vivir sabemos de la “experiencia de ser único”: cada cual tiene sus gustos, sus creencias, sus afinidades y sus repulsiones. Pero esa misma experiencia también nos muestra el enfrentamiento de nuestra unicidad con el irremediable hecho de pertenecer a un común, a un colectivo que siendo formado por todos ya no es la simple adición de cada uno de sus componentes al fin diluidos. Una colectivo además al que por una parte pretendemos influir, pero que sin duda nos influye hasta convertirnos como poco en el “yo circunstanciado” que diría Ortega. 

El dilema que esta dualidad provoca nos acompañará trágicamente hasta el fin de nuestros días, porque por más que queramos nadie estará nunca a salvo de esa interrelación con el grupo y de la influencia que proyectará sobre nosotros. Desde que nacemos alguien nos guiará, alguien nos educará, nos marcará las pautas de nuestra conducta, nos premiará cuando cumplamos con las coordenadas trazadas y nos sancionará cuando nos las saltemos, nos iremos pues convirtiendo en masa, hasta que seamos nosotros mismos los que, llegado el momento, contribuyamos a construir, a concordar, a educar y a castigar a los que detrás vengan. 

Será la polis, por usar el término clásico, quien al final establezca sus normas, unas, en el mejor de los casos, fruto de la voluntas democrática del grupo, que se plasmarán en leyes y códigos de obligado cumplimiento, pero otras también en opiniones generalmente aceptadas, consensos sociales no escritos convertidos en auténticos caminos para las conciencias, en verdades de “obligado” cumplimiento a las que desde hace años hemos otorgado el nombre de políticamente correctas, en un uso tan contemporáneo como cargado de simplista superficialidad. 

Construido el edificio de esas creencias y aceptado el encuadramiento, convendremos en aceptar que el colectivismo ha ganado al yo contemporáneo, al que solo le queda tomar conciencia de su infinita insignificancia, sensación que se afianzará conforme nos acercamos a la hora de nuestra muerte física, la espiritual quizás se haya producido bastante antes. Mientras tanto, tributo obligados a las comunidades modernas, habremos consentido el encuadramiento en forma de guarismo en la línea apuntada por Javier Gomá en su Aquiles en el gineceo, para el que, “las actuales sociedades complejas necesitan convertir al individuo en res externasusceptible de cuantificación”, tanto que hasta el número del documento de identidad será como uno más de la familia. 

Pero este enfrentamiento dualista, ¿es bueno o es malo?, pues de todo un poco, como será fácilmente deducible por cualquiera de nosotros, pero lo que es seguro es que es inevitable. El siempre atinado Laín Entralgo, preguntándose por la posibilidad de que el hombre, al desasirse de la realidad presente y de la Historia quedase solo, asevera con rotundidad, “Esto es imposible, y con imposibilidad metafísica, porque la realidad del hombre… se halla constitutivamente abierta hacia “lo otro”. Entendemos a ese “otro” como la colectividad en la que vivimos. 

Existiendo pues la dualidad, dándose la trágica relación entre los dos estados, y aceptada por irremediable la sumisión del individuo al colectivo, ¿cómo hacer más llevadera la batalla?, ¿cómo salvar mínimamente la libertad individual en un proceso que resultará al fin tan heroico como fracasado? No encontramos mejor camino que afianzando la autocrítica, el descreimiento razonado a lo que se nos propone, imponiendo el yo razonado al yo confiado, haciendo en cualquier caso del pensamiento ajeno un punto de partida en tránsito reflexivo, más que uno de llegada fácil y cómodo, pero ajeno a nuestro spiritus

Partamos finalmente de otra opinión de Gomá para acabar en una conclusión abierta que no dudamos en calificar de incompleta. “El enemigo de la sinceridad es la sociedad que falsea y pervierte el ser auténtico del yo y lo esclaviza a las apariencias y las opiniones”. Añadamos así otro componente a la reflexión, el grupo/masa del que todos formamos parte hasta ser individualmente responsables de sus actos, “falsea y pervierte”, engaña, en ocasiones miente, impone opiniones interesadas al todo en beneficio de la parte. Si esto es así, al enfrentamiento aludido entre el yo individual y el nosotros grupo se añade ahora la cautela a no ser engañados, a que nos se nos conduzca por caminos ajenos a nuestros principios, a nuestras legítimas creencias, hasta hacer del yo reflexivo un esclavo de las apariencias y las opiniones que le son ajenas.     

El instrumento para hacer frente a ese engaño no es otro que la educación, como ya se habrá intuido, pero entendiendo ésta no como un cúmulo de conocimientos que deben de adquirirse para “manejarse” adecuadamente en la sociedad en que vivimos, sino como una inmersión en los valores que en algún momento nos otorgarán la condición de ciudadanos libre pensantes, críticos y constructivos en la consecución de un fin heroico logrado con esfuerzo, ese fin al que Eugenio D’Ors entrañablemente llamará “tu obra bien hecha”. 

Si aceptamos lo anterior, el final no pueden ser más que múltiples preguntas de las que escogemos solamente dos: ¿es lícito que en una sociedad moderna alguien tenga el monopolio de la educación?, ¿debe el Estado, como representante operativo máximo del grupo/masa, ser el único competente en la formación del los individuos? 

miércoles, 15 de agosto de 2018

Un secreto, ¿inquietante?

           "Cada hombre encierra en su interior un secreto insondable, que lo convierte en misterio incluso para si mismo. Este secreto consiste en la fórmula única con que cada cual conjuga la esperanza de ser único y la experiencia más fuerte y repetida de ser sustituible"

Aquiles en el gineceo. Javier Gomá Lanzón 


      Somos únicos en nuestra individualidad mientras vivimos, el mundo gira sobre nosotros fundamentalmente en la juventud, hasta que la modestia o el abatimiento se abre paso ante la infinitud de nuestro yo, que se derrite como un azucarillo cuando llega el momento de la muerte física. ¿Como conjugamos esa dicotomía?, ¿descubrimos nosotros la fórmula para la coexistencia o más bien es la pura realidad quien nos sirve la respuesta?

domingo, 29 de julio de 2018

Entre el relato y la verdad

Quien lea con cierto detenimiento la prensa más allá de los titulares de las primeras páginas, sabrá que una de las cuestiones candentes que en la actualidad se debate en el País Vasco es la del relato post ETA, el cómo va sedimentándose en la memoria ciudadana la dura experiencia provocada por la época en que los terroristas sembraron de dolor y muerte todo el territorio de España, pero de manera muy especial las tierras vascas objeto de su particular política de “liberación”, y de como finalmente el Estado, y la perseverancia de una de sociedad que se siente libre, fueron ganando terreno de manera trabajosa, hasta acabar con tanto sufrimiento. ETA fue finalmente derrotada es cierto, pagándose para ello un alto precio de dolor y muerte, de sangre inocente derramada y desgarros personales y sociales que tardarán mucho tiempo en cicatrizar, pero esa victoria no será completa, tanto sufrimiento no será fructífero en la consolidación de una sociedad más democrática, si lo que queda al final es un relato distorsionado que no solamente no ponga en valor el triunfo de la paz y la libertad de los “hombres buenos”, sino que deje en el cuerpo social un virus que con el tiempo germine en un nuevo brote de trágico fanatismo. 

Bien está que en este proceso de esclarecimiento, de poner negro sobre blanco la verdad sobre lo que ocurrió, aparezcan ensayos históricos o sociológicos  que lo desgranen, y que los partidos políticos y el resto de organizaciones asuman sin complejos en sus discursos quienes fueron los héroes y los villanos, pero sin duda la literatura de narración, las novelas, los cuentos, tienen mucho que decir al respecto. Entre los mejores autores de estos textos está sin duda Fernando Aramburu.

En 2016 apareció la que a buen seguro es hasta el momento la gran novela de los años más negros de nuestra época contemporánea; Patria fue un fenómeno editorial que contribuyó de manera sutil pero a la vez contundente, a relatar la trágica tristeza de unas décadas llenas de miedo, de odio, y no con protagonistas conocidos cuyos nombres aparecen con frecuencia en los telediarios, sino en la gente normal, gente como cualquiera de nosotros, que por vicisitudes de lo cotidiano pasan de la convivencia al desprecio, de la amistad al encono, víctimas de la enfermedad de lo irracional.  

Anteriores a Patria, Aramburu escribió Los peces de la amargura (2006) y Años lentos (2012), que a vista de éste lector son como relatos preparatorios del definitivo. Se trata de una colección de escenas cotidianas, que con la sencillez de los habitual dicen más que sesudas páginas llenas de reflexión, y precisamente porque a través de la historia del niño que ve como asesinan a su padre cuando los dos van al cine, o de la bomba que siega las esperanzas de la chica que casualmente pasaba por allí, por poner solo dos ejemplos, dejan en nosotros la tarea de la reflexión, para que ésta sea intima, personal, más profunda y fructífera. 

Que bien haríamos en propiciar en colegios la lectura comentada de estos textos; cuanto contribuiríamos con ello a derrotar definitivamente al más fanático de los nacionalismos en la conciencia de las nuevas generaciones, y todo ello mientras disfrutamos de la mejor literatura. 

sábado, 7 de julio de 2018

El "problema" de España XVII

Faltaba algo más de medio siglo cuando murió Rodrigo Caro, para que los cimientos de la Casa de Austria en España se derrumbasen definitivamente; pero el ambiente de pesimismo con que se percibía la situación del Reino era más que palpable. En su “A las ruinas de Itálica”,soneto que durante mucho tiempo fue atribuido a Francisco de Rioja, refleja la situación.

“Estas ya de la edad canas ruinas,
que aparecen en puntas desiguales,  
fueron anfiteatro y son señales
apenas de sus fábricas divinas.

¡Oh, a cuán mísero fin, tiempo, destinas
obras que nos parecen inmortales!
Y ¿temo?, y ¿no presumo que mis males
así a igual fenecer los encaminas?

A este barro, que llama endureciera
y blanco polvo humedecido atara,
¡cuánto admiró y pisó número humano!

Y ya el fasto y la pompa lisonjera
de pesadumbre tan ilustre y rara
cubre hierba y silencio y horror vano.”

sábado, 30 de junio de 2018

Desencanto

Si no recuerdo mal, fue Ortega quien propuso una teoría de las generaciones cuya principal conclusión era que se entendían mejor abuelos y nietos que padres e hijos, porque entre estos últimos se activaba una especie de fuerza acción-reacción que a la postre venía a incrementar las afinidades entre generaciones alternas y las disminuía en las continuas, condenadas a enfrentarse y distinguirse una de otra. De un padre liberal, por ejemplo, saldría un hijo conservador, para volver de nuevo al nieto liberal, en una cadena que con las debidas adaptaciones circunstanciales llegaría al fin de los tiempos.

De esa manera, las características esenciales de una generación se repetirían en las números pares por un lado y en las impares por el otro, formando dos grandes grupos que compartirían, de manera separada, un mínimo común en la forma de ver y de entender la vida. La conjetura me parecía perfecta, y con ella he defendido variados argumentos en amables discusiones de amigos cuando nos poníamos manos a la obra, a la dura tarea de arreglar el mundo. Y siempre resultó ser un argumento convincente.

Pero algo falla, inquieto caigo en la cuenta de que quizás sí, algo pueda haber que vincule a todas las generaciones que en la historia han sido, pares e impares, diestras o siniestras, pacíficas o guerreras,…y que por lo tanto las hace menos diferentes: se trata del desencanto.     

¿Qué generación no está desencantada consigo misma cuando ha pasado suficiente tiempo como para volver la vista atrás?, ¿hay alguna a la que no se le hiele la sangre cuando llegado el momento de ese giro de cabeza no se ahoga con un sentimiento de frustración?, ¿a alguien se le ocurre alguna? Quienes vivieron la revolución del 68 renegaron de ella pasados escasos diez años; quienes colmados de idealismo ganaron la guerra, se decepcionaron porque con el tiempo comprobaron la temporalidad de sus verdades eternas; muchos de los que pergeñaron la Transición, se lamentan ahora de una democracia que les parece imperfecta, raquítica ante la grandeza de sus ilusiones. Hasta los protagonistas de La buena vida de David Trueba sienten esa misma sensación cuando dos décadas después se encuentran en Casi 40, ¿alguien ha visto alguna vez una película con este argumento en la que ocurra lo contrario? 

¿Qué falla de manera tan reiterada?, pues no se, quizás en el momento vigorosamente juvenil de la vida en el que todo proyecto parece estar al alcance de las manos, nos hemos creído más fuertes que nuestros antepasados, quizás creíamos que nuestro compromiso con las grandes tareas era superior al mantenido por nuestros abuelos, en una suerte de adanismo congratulador que solo acaba cuando invariablemente nos hacemos lo suficientemente mayores como para tener que soportar de nuestros hijos la misma matraca con que nosotros abrumábamos a nuestros padres. De ser así la decepción no sería más que el estado avanzado de maduración de una fruta llamada utopía.