viernes, 15 de febrero de 2013

LA FORJA DE UN REBELDE, de Arturo Barea


Colmados como estamos por los best sellers con que continuamente nos acosan las editoriales, encontrar un libro de un autor ya muerto y por lo tanto exento de la promoción propia de entrevistas y premios, o de figurar como un “abajo firmante” de mil panfletos reinvindicativos, encontrar digo, un libro original en su escritura, directo, de una tremenda  sinceridad en el fondo y en la forma, es sin duda un soplo de aire fresco que cualquier lector aficionado agradece.

Ese es el caso de La Forja de un Rebelde, de Arturo Barea (Badajoz, 1897 – Inglaterra, 1957), que en realidad no es en absoluto desconocido, pero tampoco popular en los tiempos que corren, pero además no es un libro, sino tres: La Forja, La Ruta y La Llama. Se trata de una autobiografía novelada en la que el autor nos presenta primero su infancia y juventud en un Madrid pueblerino y grande, “Era un mundo de risas de la gente moza y de llantos de chicos y viejos, en un coro de blasfemias y de picardías como sólo ya se podían encontrar allí, o en los libros tan viejos como la calle”; pero también las dudas y las respuestas de la juventud, “Regreso a Madrid, sigo yendo a la iglesia en el colegio y con mi tía. Pero ya no puedo rezar”.  A riesgo de equivocarme diré que de los tres, éste primero es el más fresco y sencillo, una auténtica gozada.

En La Ruta, el autor narra su paso por el ejército del norte de África en las filas del Tercio. Son los duros años de las guerras con las cabilas marroquíes mandadas por el legendario Abd-el-Krim. Profundiza Barea en los motivos de la contienda a base de aquello que ve y escucha: los intereses económicos y mineros de los altos mandos y una parte de la burguesía, y también las pequeñas triquiñuelas en las que siempre se llevaban la peor parte lo simples soldados rasos. Como siempre, lo mejor el lenguaje sencillo y directo, solo un pequeño pero que se incrementará en el tercer libro: la justificación de sí mismo por el carácter autobiográfico de la obra, lo que en cualquier caso, no es lo más importante literariamente hablando.

Cierra la trilogía La Llama, en el escenario el Madrid republicano donde Barea forma parte de una clase media acomodada, su afiliación al partido socialista y la guerra civil. Por la época es posiblemente la parte más sugerente; pero también porque nos ofrece un testimonio en primera persona, siempre interesante, de importantes acontecimientos como la huida del Gobierno hacia Valencia en las primeras semanas del conflicto, y de cómo se vivió por los que aguantaron en su sitio, aunque como es el caso de Barea, saliese de España antes de su finalización, psíquicamente destrozado por lo que dejaba atrás: “Ya no controlaba las emociones que me regían; su trama de había deshilachado… Tenía miedo a la tortura que precede a la muerte, del dolor, de la mutilación, de la putrefacción en vivo y del terror…”        

La obra, cinematográfica hasta el punto de que en 1990 se estrenó una serie para la televisión con el mismo nombre,  es un testimonio personal y sencillo de una época interesante y desgarradora por partes iguales, llevada a cabo con una narración original, sin concesiones a lo superfluo, vigorosa. Es quizás, como alguien la ha calificado, la menor novela escrita desde el exilio y una de las diez mejores tras la Guerra Civil, en opinión de García Márquez.