domingo, 26 de julio de 2015

HOMBRES BUENOS, de Arturo Pérez-Reverte

Serán fundamentalmente los dos últimos tercios del siglo XVIII en Francia, los que darán nombre a la centuria y zarandearán como un terremoto con epicentro en París, las ideas y las estructuras políticas y sociales de toda Europa; el Siglo de las Luces, se convertirá en la gran referencia de la lucha sin cuartel entre el oscurantismo y la razón, entre el encorsetamiento impuesto por una religión acostumbrada a dirigir vidas y reinos y la fuerza liberadora de la nueva filosofía inspirada por Rouseau, Voltaire o Montesquieu entre otros. La edición entre 1751 y 1780 de la Encyclopédie de Diderot y d’Alembert será en cierto modo la condensación de todas esas nuevas ideas ofrecidas al mundo.

Ese es el marco en que se mueve la historia de Hombres buenos (Alfaguara, 2015), y lo hace su autor a partir de tener entre sus manos esa primera edición de la Enciclopedia que se guarda en la biblioteca de la Real Academia de la Lengua de la que es miembro, e indagar en las peripecias que la ilustre institución sufrió para su compra, tarea encargada a dos de sus académicos, don Pedro Zárate y don Hermógenes Molina,  en un momento además en que la Inquisición la tenía prohibida.  

Si algo caracteriza las novelas de Pérez Reverte es su meticulosa preparación de cualquier detalle histórico, geográfico o técnico de los que se utilizan en el relato, y la novedad en su último libro, que a su vez le da frescura y en cierta forma hace partícipe al lector de su génesis, son los capítulos que va intercalando en donde pregunta a especialistas como Carmen Iglesias o Francisco Rico, o a la propietaria de una librería de viejo a las orillas del Sena, informaciones que después utilizará en la obra.

En Hombres buenos aparece una confrontación a cuatro bandas capitaneadas a su vez por sus cuatro protagonistas principales, todos ellos académicos de la RAE: por una parte los ya citados Pedro Zárate, máximo representante de las nuevas ideas ilustradas y hacia quien el autor parece demostrar mayor simpatía, y el bibliotecario de la institución Hermógenes Molina, hombre culto, razonable, que comparte las ideas ilustradas sin renunciar a su condición de católico convencido. Por otra parte el reaccionario periodista Manuel Higueruela, enemigo acérrimo de la nueva filosofía y Justo Sánchez Terrón, un mediocre intelectual auto convencido de ser el mejor representante de las nuevas ideas. Entre ellos se irán hilvanando alianzas, amistades e intereses, en lo que en último caso es la representación de un enfrentamiento poliédrico entre lo viejo y lo nuevo, situados ambos más allá de las trincheras previsibles.   

La novela carece, pese a la escena del duelo que presenta en París y un violento final en el que los académicos recuperan la obra a punto de ser destruida, de momentos vibrantes que tensionen el relato, pero quizás tampoco se trataba de eso cuando se tiene la pretensión de ser fiel a los acontecimientos que realmente ocurrieron. Por otra parte, de forma intencionada o no, creemos que sí, Reverte nos va haciendo una lectura actualizada de los hechos, es como si al leer lo acontecido hace más de doscientos años estuviésemos escudriñando las páginas de opinión de un periódico de hoy mismo.

Quizás no sea la mejor sus novelas, pero es imprescindible para quienes siguen la obra de Pérez-Reverte y desean conocer un poco mejor las inquietudes de siglo XVIII en Francia y España.