Hasta
ahora no había llegado a mis manos nada del americano Thornton Wilder (Wisconsin,
1897 – Hamdem, 1975), y lo hace en forma de regalo de una persona a la que
aprecio, lo que sin duda aumenta la satisfacción de la lectura. Se trata de Los Idus de Marzo, una novela histórica
de las que te congracia con el género. Con las novelas históricas hay que
llevar mucho cuidado porque en demasiadas ocasiones no son sino un recurso
fácil para escritores mediocres que, disponiendo sin esfuerzo del argumento,
son incapaces de profundizar en el sustrato de la propia trama.
La
novela relata los últimos días de Julio César y, escrita en 1948, no falta
quien ve un paralelismo con los de Mussolini, aunque esto evidentemente es
opinable. Por ella circulan los más importantes protagonistas de época: el
propio César, Cleopatra, Cicerón, el poeta Catulo, etc., cuyos diálogos, y aquí está la principal originalidad de la obra, se realizan a través de sus escritos:
cartas, informes, diarios,… logrando acentuar el mimetismo del lector con las
opiniones de cada uno de esos personajes. A lo largo de sus doscientas
cincuenta y tres páginas que pueden leerse casi de un tirón, Wilder desarrolla
todo un ensayo sobre el poder y las relaciones que en torno a él e crean:
envidias, conspiraciones, intrigas palaciegas, etc., pero también interesantes
incursiones en la religión, las supersticiones o el concepto de la
inmortalidad, a través de un dialogo sin estridencias entre un César y una
Cleopatra tenidos por dioses.
Sin
duda es un libro que mueve a la reflexión, porque la temática, lejos de
aparecer como antigua, tiene una tremenda actualidad, cualidad imprescindible de
cualquier obra que aspire al calificativo de clásica. Como no detener un
momento la lectura delante de frases tan elocuentes como que “Hay una cosa en
la que todos los hombres son igualmente ignorantes y ésa es el porvenir”, o “Debemos
vivir en una ciudad en la que a la opinión pública se la aplasta con dinero”, o
“Si, esos moralistas son virtuosos por reacción, y de ahí les viene la rigidez”,
¿no estamos leyendo en ello la moraleja de cualquier noticia, de cualquier
periódico, de cualquiera de nuestros días?